La historia de Javier
Javier se ha marcado como objetivo hacer la introducción del artículo que quiere publicar. Tras el desayuno enciende el ordenador y comienza a redactar. Escribe algunas líneas, las lee en voz alta y se da cuenta de que no le acaban de convencer. Las retoca, las vuelve a leer y empieza a cuestionarse si realmente tiene algo interesante que decir. Para superar el bloqueo y relajarse un poco consulta el correo electrónico y responde algunos mensajes. Mira el reloj: son las 10:30 horas. Sin darse cuenta ha pasado más de una hora. Retoma la redacción del artículo. No recuerda en qué punto se había quedado exactamente, así que vuelve a leer todo lo que había escrito. Corrige algunas cuestiones de estilo y redacta dos nuevos párrafos. Vuelve a repasar el texto y se da cuenta de que estos párrafos no ligan con los anteriores. Se pregunta cómo puede relacionarlos. Lo intenta sin éxito. En realidad nunca le ha gustado escribir.
De repente se acuerda de que tenía un par de llamadas pendientes y decide hacerlas ahora. En las llamadas se entretiene más de lo previsto. Después de colgar consulta la prensa económica para contrastar una noticia que le ha comentado un colega. Aprovecha para leer un par de artículos de opinión. Al cabo de un rato se da cuenta de que se está entreteniendo demasiado así que sale de Internet, maximiza la pantalla de Word y vuelve a leer lo que había escrito. Sigue sin encontrar la manera de crear un hilo conductor. Escribir es lo que más le cuesta. Mira el reloj: son las 15:00 horas. Es tarde ya. Decide dejarlo por hoy y esperar a mañana, a ver si entonces está más inspirado.
La historia de Javier es un ejemplo de cómo funciona la postergación. Veamos:
1º. Se fija un objetivo intermedio para avanzar en la redacción del artículo.
2º. No avanza al ritmo deseado, magnifica la dificultad de la tarea y se bloquea.
3º. Cuestiona sus habilidades y experimenta emociones negativas.
4º. Ignora los incentivos reales de actuar ahora y hace algo distinto a lo que se había propuesto, algo que le apetece más o le resulta más fácil.
5º. Se dice a sí mismo que ya volverá sobre ello, quizás mañana, cuando se den las condiciones adecuadas.
6º. La distracción no elimina el pensamiento sobre la tarea, así que la preocupación por no haber cumplido con su objetivo le persigue a lo largo del día.
7º. En circunstancias similares repite de forma automática el mismo hábito. Javier hace lo mismo al día siguiente y al otro. Una semana después el artículo todavía está por hacer; ni siquiera ha conseguido acabar una introducción que le satisfaga.
En el comportamiento de Javier se produce una brecha o una falta de coherencia entre sus intenciones y sus acciones. Así es como funciona la procrastinación:

Puede ser que no hagamos lo que nos habíamos propuesto inicialmente o que hagamos algo distinto, generalmente menos importante. Si este comportamiento sucede de forma ocasional no debería preocuparnos, el problema surge cuando la brecha entre la intención y la acción se dilata indefinidamente en el tiempo y saboteamos nuestros objetivos.
¿Qué media entre la intención y la acción?
Entre la intención y la acción se interponen causas de distinta naturaleza: distracciones, perfeccionismo, miedo a la crítica o al fracaso, rebeldía, baja tolerancia a la frustración, etc. En la sección por qué postergamos se analizan las posibles causas de la procrastinación con más detenimiento.
Todos estos motivos cortocircuitan la acción y refuerzan el hábito de la postergación. Cada vez que posponemos estamos alimentando la percepción negativa que tenemos de la tarea, nos estamos recordando una y otra vez que la tarea no nos gusta, que es difícil, o que no vamos a saber hacerla y esos pensamientos desencadenan emociones negativas.
Cuando postergamos:
Reforzamos el hábito de no hacer nada o hacer una tarea superflua.
Ponemos en práctica una estrategia de evitación en lugar de afrontar el problema.
Nos perdemos la oportunidad de aprender nuevas habilidades y conocimientos.
Alimentamos nuestros miedos y nuestras dudas: no nos damos la oportunidad de conseguir evidencias empíricas de que somos capaces de hacer la tarea.
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