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Sé tú mismo |
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Autor:
Toni Soler (Licenciado en Historia y periodista) |
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Publicado
en La Vanguardia, Sábado, 16 de Octubre de 2004 |
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El
otro día vi en un programa de televisión que un famoso
piropeaba a otro pidiéndole con gravedad: "¡No
cambies nunca!". Es una expresión cursi
y afectada, sacada de las películas como todo lo cursi
y todo lo afectado, pero que empieza a extenderse en nuestro
mundo como si fuera un virus de transmisión oral. Me dirán
que es algo inocuo, una moda; pero en el fondo encierra un concepto
ético, una visión de lo que debe ser el comportamiento
social: El modelo de las personas inmutables. |
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Los
que dicen "no cambies nunca" suelen ser los mismos que dicen
"sé tú mismo", como pequeños filósofos
de la calle. No se refieren
sólo a la autenticidad, que es, en efecto, una virtud rara
y envidiable. Invocan también una serie de cualidades inciertas,
de doble filo, como la tenacidad, la coherencia y los principios sólidos.
De hecho, al final, no son más que defectos camuflados: la
cabezonería, la intransigencia y la soberbia. |
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Ser
uno mismo indica autoestima y coherencia, valores necesarios. Sin
embargo, ¿quién está tan pagado de sí
mismo como para no querer cambiar nunca? Hay
miles de motivos para cambiar. Se puede
cambiar por las circunstancias, por la edad, por la desgracia, por
el aprendizaje, por el contacto con la gente. Cada cambio es una manera
de convivir y quizá, siendo optimistas, de mejorar. Es
un modo de ser uno mismo, porque uno mismo no es una piedra, sino
un ser vivo, sensible y racional. |
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Quien
se limita a vivir sin cambiar, quien se agarra a su personal
visión de las cosas, o vive muy poquito o lo hace parapeteado
detrás de su prepotencia, su miedo a equivocarse, o su
desprecio hacia las verdades ajenas. |
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Esta
muy bien tener convicciones y defenderlas, no ser una veleta
o un caradura como los personajes que encarnaba Groucho Marx,
quien dijo una vez: "Éstos son mis principios; si
no le gustan, tengo otros". Pero, en general, la gente
que no cambia nunca de actitud (excluyo a los genios y a los
santos) lo hace por miedo o por pereza, para no tener que pensar.
Es lo más cómodo. Y encima, la moral dominante
ensalza la tozudez y desprecia los cambios como síntomas
de debilidad o frivolidad. |
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"Yo
soy así", se suele afirmar, como diciendo: "Os
toca a vosotros, mentes débiles, adaptaros a mi poderosa
manera de ser". Los cambios son
vistos como la aceptación de un defecto o un error (cometer
un error, ¡qué tragedia!) y sólo se asumen
en casos extremos y desesperados.
Un ejemplo: cuando a alguien le abandona su pareja, en un último
intento de recuperarla suele proclamar: "¡Cambiaré!".
Es el último cartucho, uno humillación en toda
regla. Y no debería serlo. Yo les digo hoy, sin remilgos
ni estridencias: "Cambiaré". Cambiaré
seguro, porque creo que en la vida hay que cambiar a menudo,
y también intentar ser un poco mejor a cada cambio, lo
cual es bastante más difícil. |
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Frente
al sé tú mismo, mejor el socrático conócete
a mi mismo. Hay
que conocerse para saber en qué vamos bien y en qué
necesitamos cambiar. No opinan así ciertos
neofamosos televisivos, tan jóvenes como atrevidos, que cuando
reciben alguna crítica, responden, con toda solemnidad: "He
sido yo mismo". Y se quedan tan anchos. Es decir, mejor un error
propio que un acierto importado. Sin defectos, es estupendo
ser uno mismo; pero ¿qué pasa cuando uno es un imbécil? |
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(El destacado es nuestro) |
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