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Cuando volvió a ver a a Armand, a su regreso de Rávena,
escuchó con una atención nueva e intentó, por
primera vez, asimilar verdaderamente su lógica implacable,
dejarse ganar por la fuerza de persuasión que emanaba de
aquella voz vibrante, vehemente, embrujadora, cuando denunciaba
la esclavitud en todas sus formas y rechazaba todas las servidumbres
del corazón y del espíritu. Lady L. sabía ahora
que había una contradicción entre lo que Armand
le enseñaba y su manera de ser, entre aquella libertad absoluta
que preconizaba y su propia servidumbre a una idea. Había
incluso una contradicción entre la libertad del hombre que
él reclamaba y su sumisión total a un pensamiento,
a una ideología. Le parecía hoy que, si el hombre
debía ser realmente libre, tenía que comportarse libremente
incluso con sus ideas y no dejarse arrastrar por la lógica,
ni siquiera por la verdad, sino dejar un margen humano para todas
las cosas, en torno a cualquier pensamiento. Quizá sería
preciso incluso saber elevarse por encima de esas ideas, de esas
convicciones, para seguir siendo un hombre libre. Cuando más
rigurosa es una lógica, más se convierte en una prisión,
y la vida está hecha de contradicciones, de compromisos,
de arreglos provisionales, y los grandes principios lo mismo pueden
iluminar el mundo que quemarlo. La frase favorita de Armand,
"es necesario llegar hasta el final", no podía
conducir más que a la nada; su sueño de justicia social
absoluta reclamaba una pureza que sólo conocía el
vacío absoluto. Pero Annette no tenía entonces más
que veinte años, no era una persona instruida, no sospechaba
siquiera el poder destructivo que podía alcanzar el extremismo
de la lógica, tanto en la verdad como en el error, aún
no había vivido en el siglo de la monomanía; sólo
era consciente de que a Armand lo consumía una pasión
voraz y ella se veía obligada a contenerse con las sobras.
Se daba cuenta asimismo de que él hablaba de la humanidad
como si fuera una mujer, y empezó a detestar a aquella rival
sin rostro (...), que los hombres no lograban satisfacer jamás
y cuyo mayor placer parecía consistir en empujarlos a la
perdición.
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