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Sobre la libertad

     
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Romain Gary (*)

Pasión y libertad

Texto publicado en La Vanguardia, el 16 de Agosto de 2004

Cuando volvió a ver a a Armand, a su regreso de Rávena, escuchó con una atención nueva e intentó, por primera vez, asimilar verdaderamente su lógica implacable, dejarse ganar por la fuerza de persuasión que emanaba de aquella voz vibrante, vehemente, embrujadora, cuando denunciaba la esclavitud en todas sus formas y rechazaba todas las servidumbres del corazón y del espíritu. Lady L. sabía ahora que había una contradicción entre lo que Armand le enseñaba y su manera de ser, entre aquella libertad absoluta que preconizaba y su propia servidumbre a una idea. Había incluso una contradicción entre la libertad del hombre que él reclamaba y su sumisión total a un pensamiento, a una ideología. Le parecía hoy que, si el hombre debía ser realmente libre, tenía que comportarse libremente incluso con sus ideas y no dejarse arrastrar por la lógica, ni siquiera por la verdad, sino dejar un margen humano para todas las cosas, en torno a cualquier pensamiento. Quizá sería preciso incluso saber elevarse por encima de esas ideas, de esas convicciones, para seguir siendo un hombre libre. Cuando más rigurosa es una lógica, más se convierte en una prisión, y la vida está hecha de contradicciones, de compromisos, de arreglos provisionales, y los grandes principios lo mismo pueden iluminar el mundo que quemarlo. La frase favorita de Armand, "es necesario llegar hasta el final", no podía conducir más que a la nada; su sueño de justicia social absoluta reclamaba una pureza que sólo conocía el vacío absoluto. Pero Annette no tenía entonces más que veinte años, no era una persona instruida, no sospechaba siquiera el poder destructivo que podía alcanzar el extremismo de la lógica, tanto en la verdad como en el error, aún no había vivido en el siglo de la monomanía; sólo era consciente de que a Armand lo consumía una pasión voraz y ella se veía obligada a contenerse con las sobras. Se daba cuenta asimismo de que él hablaba de la humanidad como si fuera una mujer, y empezó a detestar a aquella rival sin rostro (...), que los hombres no lograban satisfacer jamás y cuyo mayor placer parecía consistir en empujarlos a la perdición.

(*) Fragmento de "Lady L" (El cobre), de Romain Gary
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