N. 9, Marzo de 2005 Números anteriores  
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Una de las fábulas más memorables de Samaniego es "El ciervo en la Fuente". El protagonista de esta fábula es un ciervo perfeccionista que se deleita contemplando su reflejo en un hermoso y cristalino manantial. Prendado de la belleza de su cornamenta y de sus preciosas ramificaciones, se lamenta, sin embargo, de que los dioses no le hayan concedido unas extremidades más bellas y proporcionadas. ¡Qué tristeza más profunda le embriaga al contemplar sus largas, delgadas y huesudas patas!

Mientras el ciervo continúa lamentándose de su "imperfección" ve venir a un lebrel fiero y para evitar ser devorado parte presto y ligero hacia el espeso bosque. Pero, ¡ay, maldición!, sus lindos y curvilíneos cuernos le juegan una mala pasada: se enredan entre las ramas y lo atrapan en la maleza. Cuando todo parece presagiar que va caer en las garras de su temible atacante, gracias a sus delgadas, elásticas y "feas" patas, consigue escapar —raudo y veloz— de una muerte anunciada.
Al igual que el ciervo de esta fábula, muchas personas son incapaces de identificar la grandeza y la belleza de lo que ya tienen, porque están cegadas por un ideal inalcanzable de absoluta perfección.
La ilusión del perfeccionismo
Que te gusten tus imperfecciones es lo más liberador
Virginia Woolf

Esforzarse, ser meticuloso y querer hacer las cosas bien es una actitud deseable y saludable. Sin embargo, exigirse hacer las cosas perfectamente es una autoimposición que nos coloca en una posición de vulnerabilidad y de dependencia. La trampa del perfeccionismo no es fijarse unos estándares elevados sino fijarse unos estándares inalcanzables: tratar de obtener lo imposible.

¿Tiene sentido pretender alcanzar la "perfección"? ¿Existe realmente la perfección? ¿Es una ilusión? ¿O tal vez una falacia? La idea de un trabajo "bien hecho" no es una verdad absoluta, es una representación que se encuentra en nuestra cabeza. Cada persona tiene su propia representación; aunque, por supuesto, el perfeccionista cree que la suya es la buena, la correcta. "¡Los demás no son conscientes de la diferencia entre hacer las cosas bien y hacerlas mal; les da igual!"— se lamenta.
¿Acaso no hay nada más entre estos dos extremos? ¿Las cosas están bien o mal? ¿Son perfectas o imperfectas? El pensamiento polarizado es característico de las actitudes perfeccionistas. Creer que sólo podemos escoger entre dos opciones —lo correcto y lo incorrecto— nos impide ver el amplio abanico de posibilidades existente y nos conduce al tan socorrido arte de amargarse la vida.
El perfeccionismo está en la base de muchos problemas de gestión del tiempo. La persona perfeccionista está tan ocupada en ser "perfecta" que no le queda tiempo para nada más. Revisa numerosas veces un carta o un boletín electrónico antes de enviarlo. Siempre encuentra algún error o algún aspecto que mejorar. Si está haciendo un proyecto de envergadura va alargando la fecha de finalización. Puede que tarde siete años en acabar una tesis doctoral porque siempre encuentra algo que añadir o corregir. Se recrea en exceso en los detalles y a pesar de las múltiples correcciones y revisiones nunca está del todo satisfecha con el resultado conseguido. Nada es lo bastante bueno... ¿Cuándo es suficiente? Probablemente nunca, porque cualquier trabajo se puede mejorar.
Según los profesionales de la psicología, la persona perfeccionista actúa movida por una motivación negativa: trata de evitar la desaprobación, el rechazo y la crítica de los demás o de su propio crítico interior. Y es que le aterra cometer errores. Cuando las cosas no salen como espera, se culpa y se castiga. A veces, si cree que no va a poder dar el 100% en una tarea, prefiere abandonar antes de empezar. Así, por miedo a no ganar todas las batallas, es posible que no gane ninguna.
¿Te sientes identificada con esta actitud? ¿Te estás exigiendo estándares tan elevados que te hacen sentir frustrada o bloqueada? ¿Sientes que debes de dar el 100% en cada tarea que emprendes y que si no lo haces, tu trabajo será mediocre? ¿Sufres por ello?
Si piensas que eres carne de cañón del perfeccionismo, te sugerimos algunas pautas que te ayudarán a vencer este círculo vicioso:
1. Baja el listón y sé más indulgente contigo misma. Reconoce y valora tus fortalezas y considera tus puntos débiles como limitaciones de cualquier ser humano.
2. Establece prioridades. Aprende a diferenciar entre lo que es importante y lo que no lo es; y puestos a buscar la "perfección", búscala globalmente, no en todas las partes.
3. Márcate objetivos realistas, que respondan a tus deseos y necesidades, y abórdalos de forma secuencial. No quieras comerte el elefante de un sólo bocado.
4. Fija de antemano unos límites estrictos de tiempo para cada proyecto. Cuando suene la campana pasa a otra actividad. Esta técnica reduce la dilación típica del perfeccionismo.
5. Cambia los pensamientos negativos y catastróficos respecto a la posibilidad de cometer errores. ¿Como vas a crecer y a aprender si no cometes errores?
6. Centra tu atención en el proceso y no sólo en el resultado final. Evalúa tu éxito no sólo en función de tus logros sino también de lo que has disfrutado haciendo la tarea.

Alcanzar la perfección es imposible y es tomarse las cosas demasiado en serio. Una buena manera de romper las cadenas del perfeccionismo es reírnos más de nosotras mismas. El sentido del humor reduce la sacralidad de nuestros pensamientos. ¿Para qué obstinarse en ser perfectas si podemos ser estupendas y maravillosas? ;-)
Se ha escrito mucho sobre el perfeccionismo en sus diferentes formas y manifestaciones. Para identificar este tipo de hábitos y descubrir qué podemos hacer con ellos, os recomendamos la lectura del libro Atrévase a no ser perfecto (1), de Cristina Ruiz Coloma.
Esta psicóloga clínica explora las características del perfeccionismo desde el marco epistemológico de la terapia cognitiva conductual. Utiliza numerosos ejemplos basados en casos reales y recoge un amplio abanico de técnicas para detectar cómo el afán constante de superación puede incidir negativamente en nuestra calidad de vida.
Os adelantamos un fragmento sobre la falacia de los "debería", o la distinción entre deseos y autoimposiciones:

"Los perfeccionistas tienen tendencia a ser especialmente sensibles a las exigencias, reales o imaginarias, que se les hace o se hacen ellos mismos. A veces convierten sus propios deseos en deberes. Desde el momento en que se es un perfeccionista exigente, el "quiero" se convierte en "debo", el deseo es reemplazado por la obligación. Si la persona se siente bajo una intensa presión (tanto interna como externa) de actuar e intenta motivarse con "debería" o "tendría que", se cree obligada a llevar a cabo cualquier actividad y además finalizarla. Aun cuando sea una tarea que inicialmente pueda producir placer, el pensar que debe llevarla a cabo la transforma en obligación y eso elimina la opción de todo individuo a elegir libremente. Esto provoca al perfeccionista la sensación de tener una carga encima que puede producir tensión, sentimientos de culpabilidad, resentimiento y numerosos problemas más".

Nos despedimos hasta el próximo mes, con las palabras con las que Cristina Ruiz concluye este espléndido trabajo:
"Libérese de las cadenas del perfeccionismo y dedique su energía a relajarse y disfrutar de la vida. Puedo garantizarle que es posible vivir con plenitud y felicidad aun sin ser perfecto. ¿No es preferible entonces ser "imperfecto" y feliz?"
(1) Cristina Ruiz Coloma, Atrévase a no ser perfecto. Cuando el perfeccionismo es un problema. Editorial Debolsillo, Barcelona, 2003.

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