N. 13, Julio de 2005

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1. ¿Sabías que... «altruismo» no es sinónimo de «solidaridad»?
2. Está en tus manos cuestionar el significado de los conceptos «altruismo»/«egoísmo».
3. Ellas tienen la palabra. Reproducimos un fragmento de una sesión de asesoramiento filosófico en la que Mónica Cavallé ayuda a una clienta a cuestionar sus creencias sobre el «egoísmo».

El 19 de Septiembre, en la librería Excellence de Barcelona, María Pallarés impartirá una conferencia sobre coaching personal: Coaching para mujeres. Organizando valores y prioridades.

El día 22 de Septiembre impartimos el taller "Tácticas de coaching para mejorar la organización personal", dirigido a mujeres profesionales que desean aprender a organizarse de forma efectiva.
La Real Academia de la Lengua Española define el altruismo como "la complaciencia por el bien ajeno, aun a costa del propio". Según esta acepción el altruismo consiste en una actitud personal basada en el renunciamiento: la persona altruista es capaz de entregarse sin esperar nada a cambio. Clara Coria, en Las negociaciones nuestras de cada día (1), distingue entre altruismo de la solidaridad:
El altruismo, además de la generosidad presenta tres características distintivas: a) establece vínculos unidireccionales; b) requiere y exige la incondicionalidad por parte del que se asume como altruista; y c) termina configurando una relación jerárquica entre el "proveedor" y el "proveído" a raíz de complejas y mutuas dependencias.
La solidaridad, en cambio, no es una actitud personal sino fundamentalmente social, basada en la ayuda y el respeto mutuos. El sentimiento preponderante es que la infelicidad ajena enturbia la propia; de allí surgen el deseo y la necesidad de contribuir al bienestar de los otros. Pero a diferencia del altruismo, la solidaridad establece vínculos bidireccionales y paritarios. Es decir, relaciones donde la trama se teje y se sostiene con un permanente "ida y vuelta", que coloca a los participantes en situaciones de paridad. La solidaridad está basada en la ética de la reciprocidad.
Cuestionar el significado de los conceptos «altruismo»/«egoísmo»
"Egoísmo no es vivir como uno desea vivir; es pedir a los demás que vivan como uno desea vivir"
Oscar Wilde

El altruismo se nos ha vendido como un código ético cuyo valor más elevado es el amor desinteresado por el otro, en contraposición al egoísmo, o la acción motivada por el interés exclusivamente particular: la preocupación por uno mismo. Tradicionalmente, todo aquello que requiere altruismo ha sido realizado mayoritariamente por las mujeres, tanto en el ámbito laboral como en el espacio doméstico. Las mujeres no sólo se encargan de cuidar y atender a la familia, anteponiéndola muchas veces a sus propios proyectos, sino que muchas trabajan como cuidadoras, enfermeras, puericultoras, educadoras....

Como nos recuerda Clara Coria (1), la feminización del altruismo es un mecanismo altamente eficiente que ha contribuido a generar culpas y a tejer redes atrapantes alrededor de las mujeres. Hemos sido educadas y socializadas para satisfacer las necesidades de los demás antes que las propias. La creencia de que es "egoísta" dar respuesta primero a los propios deseos y necesidades hace que muchas mujeres experimenten como un dilema el cuidado de sí mismas vs. el cuidado de los demás.
Pero... ¿Dónde está escrito que desear lo mejor para sí es ser egoísta? ¿El egoísmo no está también presente en lo que uno da de sí a los otros? ¿Cómo saber si detrás del altruismo hay un amor realmente desinteresado? ¿Qué hay del altruismo que persigue el control? ¿O del altruista que da para mantener dependencias? ¿Detrás de la motivación altruista no se esconden a veces intereses menos nobles?
El supuesto dilema altruismo/egoísmo ha generado ríos de tinta en distintas áreas de conocimiento; desde la filosofía a la teoría económica. Para cuestionar nuestras creencias limitadoras sobre estos conceptos, podemos remontarnos a los filósofos griegos. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, establece una clara distinción entre el «egoísmo vulgar», el de aquellos que sólo obran pensando en sí mismos; y el «egoísmo noble», que consiste en aspirar alcanzar el propio desarrollo espiritual. "El hombre de bien es el más egoísta de todos los hombres porque ha elegido y quiere lo mejor para sí", porque elige la parte más elevada de su ser —dice Aristóteles. Para este filósofo está tan enajenado quien se ocupa permanentemente de los asuntos de los demás, abandonando su primer deber —el cuidado de sí mismo—, como el que busca satisfacer sus caprichos y necesidades artificiales a costa de los demás.
El sacrificio y la autopostergación no ayudan a nadie a medio plazo. Sólo podemos dar a los demás lo que previamente hemos conquistado para nosotras. Cuanto más nos respetamos a nosotras mismas, más enseñamos a los demás a respetarse a sí mismos y a asumir sus propias responsabilidades.
Ser responsable de ti misma no significa que no te preocupes por los demás o que no seas generosa con tu tiempo y tu energía; se trata de que esas conductas sean elecciones conscientes y no un temerario despilfarro de ti misma. Además, es difícil que los demás se alegren si la ayuda que reciben proviene de alguien que está pagando un precio tan elevado como renunciar a sí misma. Cuando se establecen relaciones que benefician a unos a expensas de los otros, a la larga el amor se vuelve insalubre.
Está en tus manos decidir si quieres autopostergarte o prefieres dedicarte la atención que te mereces. Para ello sólo tienes que cuestionar la creencia de que preocuparse por una misma es ser "egoísta" y legitimar tu derecho a tener "una habitación propia".
En La filosofía, maestra de vida. Respuestas a las inquietudes de la mujer de hoy (3), Mónica Cavallé, doctora en Filosofía y asesora filosófica, recoge algunos diálogos que han tenido lugar en sus consultas de asesoramiento filosófico. A continuación reproducimos un fragmento de uno de ellos, en el que ayuda a una clienta a cuestionar sus creencias limitadoras sobre el egoísmo:
—He tenido una discusión con mi marido. Me confesó que está molesto conmigo y.... ¡me llamó "egoísta"! (...)
—¿Cuál fue el origen de la discusión? —indagué.
—He contratado a una asistenta para que esté en casa tres días a la semana ocupándose de mi padre. —Esto me permite, entre otras cosas, asistir al trabajo de grupo, venir a la consulta sin agobios y tener algo más de tiempo libre.
—¿Qué es, en concreto, lo que molesta a tu marido: la presencia de la asistenta en vuestra casa, el dinero que le cuesta...?
—No le puede molestar su presencia, puesto que no la ve. Ella está en casa durante horas en las que él trabaja. Y le pago con el dinero de la pensión de mi padre, que yo administro.
—¿Cuál es el problema, entonces?
—Según él, mi padre no está tan bien atendido por una asistenta como por mí. Dice, además, que se trata de un gasto innecesario, de un capricho.
—Sinceramente: si tu marido no te hubiera llamado egoísta, ¿te sentirías así por hacer lo que estás haciendo?
—La verdad es que no.... —replicó titubeante. Además, la asistenta trata muy bien a mi padre y él está contento. Hacía tiempo, de hecho, que no le escuchaba reír como a veces lo hace con ella.
—Si crees que haces lo adecuado y si no estás causando a nadie un prejuicio con tu comportamiento, ¿por qué te sientes tan insegura? ¿Por qué te sientes culpable si estás siendo fiel a tus propios criterios?
Juana se mantuvo en silencio. Me comentó, al poco, que no entendía por qué, si pensaba que no estaba haciendo nada malo, se sentía tan mal al recordar el comentario de su marido. Era evidente que le resultaba difícil dejar de recibir su absoluta aprobación, la que ella había "comprado" con su actitud de docilidad incondicional. En realidad, no dudaba de sí misma, como había manifestado inicialmente; sencillamente, tenía miedo a desafiar las expectativas de su marido, a su rechazo.
—Esto quizá pueda ilustrarte —continué— algo que hemos comentado en varias ocasiones: tener una vida propia, estar dispuesto a actuar según las propias apreciaciones y convicciones, requiere valentía y capacidad para tolerar la soledad que pueda derivarse de la falta de aprobación ajena. Puedes verificar, además, a través de esta experiencia, cómo cuando ciframos nuestro valor en nuestra capacidad de responder a las expectativas de los demás, y cómo, cuando en nuestro deseo desordenado de agradar, tememos que dejen de vernos como personas dóciles o "buenas", nos convertimos en individuos fácilmente manipulables.
—No hay motivos para que te asustes de ti misma —proseguí. Es natural que una relación desequilibrada y dependiente genere resentimiento. Más aún, es una ley psicológica. Reconocer ese resentimiento, permitirnos sentirlo, es un paso importante. Ver lo que con anterioridad no veíamos, es siempre positivo, sea lo que sea lo que veamos. Como sabes "abrir los ojos" es el camino.
—¡Pero yo no quiero vivir con rencor!
—Por supuesto. Hay que aspirar a vivir sin rencor, pero también sin autoengaños. La cuestión es que sólo cuando reconocemos nuestros sentimientos "negativos" podemos ir más allá de ellos. Si no, nos engañaremos; los taparemos, pero ahí seguirán. Por eso, reconocer nuestro resentimiento y no culparnos por sentirlo ha de ser el primer paso. El segundo, como bien sugieres, ha de ser no asentarnos en él ni reaccionar desde él. ¿Cómo? Por ejemplo, mediante la comprensión de que, si alguien ha podido controlarnos es porque somos susceptibles de ser manipulados. Dejar de serlo es competencia nuestra. Nadie puede manipularnos sin nuestro consentimiento.

Con esta e-zine celebramos el primer aniversario de "Las Horas". Tras compartir este año con tod@s vosotr@s, nos despedimos hasta la próxima temporada. Fieles a nuestro espíritu de renovación, crecimiento y aprendizaje continuo, estamos haciendo cambios en nuestra web y prometemos volver con nuevo look, nuevas propuestas y algunas sorpresas. Os invitamos a que participéis en este proceso creativo haciéndonos llegar vuestros comentarios y sugerencias a: mproactiva@mproactiva.com

Deseamos que estas vacaciones descubráis el placer del sano egoísmo ;-)
¡Nos reencontramos en otoño!
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Referencias
(1) Clara Coria.Las negociaciones nuestras de cada día. Editorial Paidós, Barcelona, 1996.
(2) Mónica Cavallé. La filosofía, maestra de vida. Respuestas a las inquietudes de la mujer de hoy. Santillana Ediciones Generales, Madrid, 2004.

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