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Sobre la testarudez de nuestras creencias |
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Hace
un par de días, Maria Luisa, la madre de una amiga
que está en el extranjero, me comentaba que había
soñado que su hija estaba enferma, se había
levantado y la había llamado para comprobar que
estaba bien. Tenía la gripe. Eso había reforzado
su creencia de que su hija y ella tenían un fuerte
conexión psíquica que transcendía
la distancia geográfica. ¿Cuántas
noches has tenido el mismo sueño, la llamaste y
no estaba enferma? —le pregunté. Arrugó
el entrecejo y me respondió muy bajito: ummm…
no sé, alguna vez, quizás.
Maria
Luisa había establecido una relación directa
entre sus pensamientos y la salud de su hija. Sin embargo,
no recordaba las numerosas ocasiones en que había
pensado que su hija podía no encontrarse bien,
la había llamado y ella estaba en perfecto estado.
¿Por
qué caemos en este tipo de errores cognitivos?
Una de las explicaciones más plausibles es que
estamos habituados a buscar constantemente pruebas que
certifiquen lo que creemos. Y es que nuestras creencias
son tremendamente testaduras: quieren tener la razón
a toda costa.
Para
ilustrar hasta qué punto la tendencia a confirmar
nuestras creencias condiciona nuestras decisiones y nuestros
comportamientos, he escogido un ejemplo que me parece
especialmente interesante: el trabajo publicado por M.
Shermer en Scientific American sobre el “cerebro
político” (1). En este estudio se observa
cómo cuando un individuo escucha un argumento que
es contrario a su ideología política, la
parte racional de su cerebro se toma unas pequeñas
vacaciones.
Tomar
conciencia de esta trampa cognitiva es importante para
ampliar nuestras visiones, fomentar el pensamiento racional
y preservar la libertad de elección. Mantenerse
aferrado a creencias inefectivas por tradición
o testarudez es el camino hacia la escasez. Abrirnos a
la duda, cuestionar nuestras creencias y expandir nuestros
paradigmas es el camino hacia la posibilidad. |
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¡Os
animo a que os aventuréis por este camino!
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Maria
Pallarés
Coach Personal |
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Un ejemplo de sesgo de confirmación... El cerebro
político |
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Los
programadores tratan de probar que su código funciona
y los "testadores" de programas tratan de probar
que el código no funciona. |
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Este viejo adagio sobre los programadores
es un buen ejemplo para reflexionar sobre nuestra estrechez
de miras. Estamos acostumbrados a poner la atención
en la información que valida nuestras creencias,
en cambio, nos cuesta mucho más observar la evidencia
que las socava. Una vez que damos forma a una creencia,
se requieren unas pruebas muy sólidas para cambiarla.
Si la información que tenemos es ambigua solemos
interpretarla de una manera que esté alineada con
nuestras creencias.
Precisamente
por la perniciosidad de este mecanismo la ciencia incorpora
el principio de la confirmación independiente y
aún así no siempre sale bien parada. No
es fácil vencer la tentación de buscar pruebas
que certifiquen nuestras hipótesis. Sirvan, a modo
de ejemplo, las palabras de Freud: “Al
comienzo sólo formulé provisionalmente las
opiniones que había desarrollado (…) pero
con el paso del tiempo influyeron tanto en mí que
ya no fui capaz de pensar de otra manera”.
El
mecanismo según el cual se rechaza la información
que podría indicar que nuestras suposiciones actuales
son incorrectas, se conoce como confirmation bias
o sesgo de confirmación. Esta teoría
fue desarrollada a fondo en los años sesenta por
el psicólogo Peter Wason (2).
¿Por qué procesamos la información
de esta manera? Parecer ser que no nos gusta estar equivocados;
por eso ignoramos las evidencias que muestran que no estamos
en lo cierto. Otras veces caemos en esta trampa cognitiva
porque sentimos peligrar nuestra autoimagen y entonces
nos puede la necesidad de protegerla a toda costa, aunque
para ello tengamos que defender ideas insostenibles. Otras,
la implicación emocional con una idea es tan grande
que nuestro cerebro decide ignorar los argumentos que
la ponen en tela de juicio, evitando así las emociones
negativas.
Los expertos están de acuerdo en que es más
fácil procesar cognitivamente los datos que confirman
nuestras creencias. Para ilustrar esta idea sirva como
ejemplo el estudio realizado por un grupo de psicólogos
de la universidad de Emory, publicado por Michael Shermer
en Scientific American, sobre cómo nuestras
predilecciones políticas son un producto de este
“sesgo de confirmación” no-consciente.
Durante
el período preelectoral de 2004 se escogió
un grupo de 30 hombres la mitad de los cuales se consideraban
firmes republicanos y la otra mitad firmes demócratas,
y se les pidió que valorasen opiniones de George
W. Bush y de John Kerry en las cuales ambos candidatos
se contradecían a sí mismos. Mientras pensaban
lo que iban a decir, los cerebros de los sujetos fueron
monitorizados. Tanto demócratas como republicanos
criticaron al candidato de la oposición a la vez
que justificaban los argumentos del líder de su
partido, pese a las evidentes contradicciones de sus discursos.
Según
datos publicados en Scientific American "Los resultados
de las pruebas de neuroimagen revelaban que la parte del
cerebro asociada con el razonamiento—el córtex
prefrontal dorsolateral—estaba inactiva. La más
activa era el córtex orbital frontal, que se asocia
al procesamiento de las emociones; el anterior cingular,
que se asocia con la resolución de conflictos;
el posterior cingular, que se encarga de hacer juicios
sobre la responsabilidad moral; y—cuando los sujetos
habían llegado a una conclusión que les
hacía sentir bien emocionalmente— el ventral
estriado, que está relacionado con la recompensa
y el placer”.
En palabras de Shermer “es como si estas personas
girasen el calidoscopio cognitivo hasta obtener las conclusiones
que desean, eliminando los estados emocionales negativos
y activando los positivos”.
De
este estudio se desprende que cuando nos enfrentamos a
una posición ideológicamente contraria a
la nuestra, en lugar de pensar, lo que hacemos es sintonizar
con nuestros dogmas para evitar sentirnos mal y conseguir,
de esta manera, que nuestro cerebro nos recompense positivamente.
Dicho de otra forma: vemos las cosas como nos gustaría
que fuesen en lugar de cómo son.
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Está
en tus manos... cuestionar en lugar de confirmar
tus creencias |
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Aprende
a mirar donde ya miraste y trata de ver lo que aún
no viste
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Saturnino de la Torre |
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Entender cómo procesamos la información
y lo fácil que es ser víctima del
sesgo de confirmación es un primer paso para
evitar comportamientos irracionales. Saber que tenemos
una inclinación no consciente a sospesar
la evidencia selectivamente, especialmente cuando
estamos secuestrados emocionalmente nos ayudará
a poner la atención en aquellos aspectos
que nos pueden haber pasado desapercibidos.
Cambiar
de opinión no es fácil porque implica
una reducción del placer. No siempre estamos
dispuestos a pagar el peaje emocional que supone
admitir que estamos equivocados. Pero hay demasiado
en juego. Nuestra autonomía y nuestra libertad
dependen de ello. ¿Cómo vamos a poder
escoger libremente si estamos a merced de nuestros
prejuicios y de nuestras creencias?
¿Existe un remedio para combatir la testarudez
de nuestras creencias? El antídoto para la
tendencia a la confirmación, escribe Shermer,
es el escepticismo. En su estudio sugiere
que los políticos, al igual que otras personas
que han de tomar decisiones constantemente necesitarían
un proceso de “peer review” similar
al que pasan los científicos, cuyos trabajos
son revisados en conferencias y en revistas por
profesionales cualificados que los evalúan
con ojos escépticos.
Como esta fórmula es de difícil aplicación
en nuestro día a día, el antídoto
más sencillo que se nos ocurre es tomar conciencia
de nuestra falibilidad. En lugar de justificar a
toda costa nuestras posiciones, está en nuestras
manos abrirnos a la duda: ¿En qué
medida resulta fiable mi previsión o en qué
medida su escasa fiabilidad puede llegar a reflejarse
en una decisión equivocada o distorsionada?
Hay muchas profesiones en las cuales el éxito
depende de la capacidad de desprenderse de lo aprendido
y de cuestionar nuestros juicios constantemente.
¿Son verdaderas mis certezas o puedo estar
equivocada? ¿Qué puedo observar que
no observo? ¿Dónde puedo poner la
atención para saber si la nueva creencia
es mejor, peor o más efectiva que mi creencia
actual? ¡Todo un reto!
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Referencias |
(1) Michael Shermer, “The Political
Brain” Scientific American,
Julio, 2006
(2) Wason, P. C. (1968), “Reasoning
About A Rule”, Quarterly Journal of
Experimental Psychology, 20.
(3) Kahneman, D.; Slovic, P.; Tversky, A.
(1982): Judgment Under Uncertainty: Heuristicsand
Biases. Cambridge, MA: Cambridge Press.
(4) Nickerson, R.S. (1998). Confirmation bias:
A ubiquitous phenomenon in many guises. Review
of General Psychology, 2, 175-220.
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