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Octubre de 2006

 

Sobre la testarudez de nuestras creencias

Hace un par de días, Maria Luisa, la madre de una amiga que está en el extranjero, me comentaba que había soñado que su hija estaba enferma, se había levantado y la había llamado para comprobar que estaba bien. Tenía la gripe. Eso había reforzado su creencia de que su hija y ella tenían un fuerte conexión psíquica que transcendía la distancia geográfica. ¿Cuántas noches has tenido el mismo sueño, la llamaste y no estaba enferma? —le pregunté. Arrugó el entrecejo y me respondió muy bajito: ummm… no sé, alguna vez, quizás.

Maria Luisa había establecido una relación directa entre sus pensamientos y la salud de su hija. Sin embargo, no recordaba las numerosas ocasiones en que había pensado que su hija podía no encontrarse bien, la había llamado y ella estaba en perfecto estado.

¿Por qué caemos en este tipo de errores cognitivos? Una de las explicaciones más plausibles es que estamos habituados a buscar constantemente pruebas que certifiquen lo que creemos. Y es que nuestras creencias son tremendamente testaduras: quieren tener la razón a toda costa.

Para ilustrar hasta qué punto la tendencia a confirmar nuestras creencias condiciona nuestras decisiones y nuestros comportamientos, he escogido un ejemplo que me parece especialmente interesante: el trabajo publicado por M. Shermer en Scientific American sobre el “cerebro político” (1). En este estudio se observa cómo cuando un individuo escucha un argumento que es contrario a su ideología política, la parte racional de su cerebro se toma unas pequeñas vacaciones.

Tomar conciencia de esta trampa cognitiva es importante para ampliar nuestras visiones, fomentar el pensamiento racional y preservar la libertad de elección. Mantenerse aferrado a creencias inefectivas por tradición o testarudez es el camino hacia la escasez. Abrirnos a la duda, cuestionar nuestras creencias y expandir nuestros paradigmas es el camino hacia la posibilidad.

¡Os animo a que os aventuréis por este camino!    
   
Maria Pallarés
Coach Personal
   
 

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Un ejemplo de sesgo de confirmación... El cerebro político
Los programadores tratan de probar que su código funciona y los "testadores" de programas tratan de probar que el código no funciona.

Este viejo adagio sobre los programadores es un buen ejemplo para reflexionar sobre nuestra estrechez de miras. Estamos acostumbrados a poner la atención en la información que valida nuestras creencias, en cambio, nos cuesta mucho más observar la evidencia que las socava. Una vez que damos forma a una creencia, se requieren unas pruebas muy sólidas para cambiarla. Si la información que tenemos es ambigua solemos interpretarla de una manera que esté alineada con nuestras creencias.

Precisamente por la perniciosidad de este mecanismo la ciencia incorpora el principio de la confirmación independiente y aún así no siempre sale bien parada. No es fácil vencer la tentación de buscar pruebas que certifiquen nuestras hipótesis. Sirvan, a modo de ejemplo, las palabras de Freud: “Al comienzo sólo formulé provisionalmente las opiniones que había desarrollado (…) pero con el paso del tiempo influyeron tanto en mí que ya no fui capaz de pensar de otra manera”.

El mecanismo según el cual se rechaza la información que podría indicar que nuestras suposiciones actuales son incorrectas, se conoce como confirmation bias o sesgo de confirmación. Esta teoría fue desarrollada a fondo en los años sesenta por el psicólogo Peter Wason (2).

¿Por qué procesamos la información de esta manera? Parecer ser que no nos gusta estar equivocados; por eso ignoramos las evidencias que muestran que no estamos en lo cierto. Otras veces caemos en esta trampa cognitiva porque sentimos peligrar nuestra autoimagen y entonces nos puede la necesidad de protegerla a toda costa, aunque para ello tengamos que defender ideas insostenibles. Otras, la implicación emocional con una idea es tan grande que nuestro cerebro decide ignorar los argumentos que la ponen en tela de juicio, evitando así las emociones negativas.

Los expertos están de acuerdo en que es más fácil procesar cognitivamente los datos que confirman nuestras creencias. Para ilustrar esta idea sirva como ejemplo el estudio realizado por un grupo de psicólogos de la universidad de Emory, publicado por Michael Shermer en Scientific American, sobre cómo nuestras predilecciones políticas son un producto de este “sesgo de confirmación” no-consciente.

Durante el período preelectoral de 2004 se escogió un grupo de 30 hombres la mitad de los cuales se consideraban firmes republicanos y la otra mitad firmes demócratas, y se les pidió que valorasen opiniones de George W. Bush y de John Kerry en las cuales ambos candidatos se contradecían a sí mismos. Mientras pensaban lo que iban a decir, los cerebros de los sujetos fueron monitorizados. Tanto demócratas como republicanos criticaron al candidato de la oposición a la vez que justificaban los argumentos del líder de su partido, pese a las evidentes contradicciones de sus discursos.

Según datos publicados en Scientific American "Los resultados de las pruebas de neuroimagen revelaban que la parte del cerebro asociada con el razonamiento—el córtex prefrontal dorsolateral—estaba inactiva. La más activa era el córtex orbital frontal, que se asocia al procesamiento de las emociones; el anterior cingular, que se asocia con la resolución de conflictos; el posterior cingular, que se encarga de hacer juicios sobre la responsabilidad moral; y—cuando los sujetos habían llegado a una conclusión que les hacía sentir bien emocionalmente— el ventral estriado, que está relacionado con la recompensa y el placer”.

En palabras de Shermer “es como si estas personas girasen el calidoscopio cognitivo hasta obtener las conclusiones que desean, eliminando los estados emocionales negativos y activando los positivos”.

De este estudio se desprende que cuando nos enfrentamos a una posición ideológicamente contraria a la nuestra, en lugar de pensar, lo que hacemos es sintonizar con nuestros dogmas para evitar sentirnos mal y conseguir, de esta manera, que nuestro cerebro nos recompense positivamente. Dicho de otra forma: vemos las cosas como nos gustaría que fuesen en lugar de cómo son.


Está en tus manos... cuestionar en lugar de confirmar tus creencias

Aprende a mirar donde ya miraste y trata de ver lo que aún no viste
Saturnino de la Torre

Entender cómo procesamos la información y lo fácil que es ser víctima del sesgo de confirmación es un primer paso para evitar comportamientos irracionales. Saber que tenemos una inclinación no consciente a sospesar la evidencia selectivamente, especialmente cuando estamos secuestrados emocionalmente nos ayudará a poner la atención en aquellos aspectos que nos pueden haber pasado desapercibidos.

Cambiar de opinión no es fácil porque implica una reducción del placer. No siempre estamos dispuestos a pagar el peaje emocional que supone admitir que estamos equivocados. Pero hay demasiado en juego. Nuestra autonomía y nuestra libertad dependen de ello. ¿Cómo vamos a poder escoger libremente si estamos a merced de nuestros prejuicios y de nuestras creencias?

¿Existe un remedio para combatir la testarudez de nuestras creencias? El antídoto para la tendencia a la confirmación, escribe Shermer, es el escepticismo. En su estudio sugiere que los políticos, al igual que otras personas que han de tomar decisiones constantemente necesitarían un proceso de “peer review” similar al que pasan los científicos, cuyos trabajos son revisados en conferencias y en revistas por profesionales cualificados que los evalúan con ojos escépticos.

Como esta fórmula es de difícil aplicación en nuestro día a día, el antídoto más sencillo que se nos ocurre es tomar conciencia de nuestra falibilidad. En lugar de justificar a toda costa nuestras posiciones, está en nuestras manos abrirnos a la duda: ¿En qué medida resulta fiable mi previsión o en qué medida su escasa fiabilidad puede llegar a reflejarse en una decisión equivocada o distorsionada?

Hay muchas profesiones en las cuales el éxito depende de la capacidad de desprenderse de lo aprendido y de cuestionar nuestros juicios constantemente. ¿Son verdaderas mis certezas o puedo estar equivocada? ¿Qué puedo observar que no observo? ¿Dónde puedo poner la atención para saber si la nueva creencia es mejor, peor o más efectiva que mi creencia actual? ¡Todo un reto!

Referencias


(1) Michael Shermer, “The Political Brain” Scientific American, Julio, 2006
(2) Wason, P. C. (1968), “Reasoning About A Rule”, Quarterly Journal of Experimental Psychology, 20.
(3) Kahneman, D.; Slovic, P.; Tversky, A. (1982): Judgment Under Uncertainty: Heuristicsand Biases. Cambridge, MA: Cambridge Press.
(4) Nickerson, R.S. (1998). Confirmation bias: A ubiquitous phenomenon in many guises. Review of General Psychology, 2, 175-220.

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