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Aprender a mirar |
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Diego
no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff,
lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos
médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas
cumbres de arena, después de mucho caminar, la
mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad
de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó
mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando,
pidió a su padre:
—¡Ayúdame a mirar! |
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Eduardo
Galeano, El Libro de los abrazos (1) |
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Diego
pide ayuda para aprender a mirar. Enmudecido ante tanta
belleza, sabe que mirar no es un ejercicio fácil.
Es un niño y aún conserva la inocencia y
la capacidad de asombrarse ante lo nuevo. Los adultos
hace tiempo que dejamos de enmudecernos contemplando el
mar. Lo hemos visto tantas veces que nos cuesta valorar
su belleza. Está ahí, lo vemos, pero ya
no lo miramos.
Ver
es fácil. Es un fenómeno biológico.
Mirar, en cambio, requiere atención y tiempo. Atrapados
en las prisas y el parloteo de la mente a menudo transitamos
por la vida como si viajásemos dentro de un vagón
sin ventanas, ajenos a lo que sucede a nuestro alrededor.
Por muy extraordinario que sea, nuestro ombligo reclama
más atención. En lugar de mirar, vemos para
corroborar lo aprendido.
Educar
la mirada es una habilidad necesaria para construir interpretaciones
más ricas de la realidad. Mirar
nos permite ver más allá de las apariencias
y de lo obvio; más allá de las máscaras.
Las
cosas y las personas sólo nos hablan si sabemos
escucharlas y mirarlas.
Aprender
a mirar pasa por cultivar la atención. Éste
es uno de los retos principales de la educación.
Los profesores no dejan de recordarnos que la habilidad
para mantener la atención tiene un impacto directo
en el éxito y el rendimiento de los escolares.
El constante bombardeo de estímulos de la era digital
mantiene nuestra atención dividida. Los trastornos
por déficit de atención son cada vez más
frecuentes; y el «síndrome del saltimbanqui»
, ese saltar de una tarea a la otra, perdiendo el foco,
es uno de los males que aquejan a emprendedores/as y ejecutivos/as.
A
menudo achacamos nuestra falta de atención y de
concentración al ritmo vertiginoso que nos imponen
las tecnologías, como si fuésemos víctimas
de esos aparatitos. Buscar responsables ahí afuera
y lamentarse es muy cómodo. La queja es fácil
y contagiosa, pero nos resta libertad. Para ser autores
de nuestra propia biografía hemos de saber capear
los estímulos externos e internos para decidir
dónde queremos poner la atención y seguir
manteniéndola.
En este boletín os invito a reflexionar sobre cómo
podemos educar nuestra mirada y cultivar la atención
para tener un mayor control sobre nuestros actos y situarnos
ante el mundo en una actitud de receptividad. ¡El
poner nuestra atención en las cosas es un ejercicio
de libertad! |
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Un
atento y cálido abrazo, |
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Maria
Pallarés
Coach Personal |
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Sobre la atención y la admiración |
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Contempla
la luz y admira su belleza. Cierra los ojos y mira.
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Leonardo
da Vinci |
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La
admiración te lleva a celebrar la excelencia del
otro, y de ese modo te impulsa a ser mejor
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Aurelio
Arteta |
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Mirar es, para muchos filósofos y pensadores, una
virtud que se consigue a través del ejercicio de
la atención. Un ejemplo de ello es la moral de
la atención esbozada por Simone Weil (2) a la que
nos referíamos en el boletín del mes de
Enero. Uno de los mandamientos de esa moral de la atención
es la admiración. Si ver es reconocer, mirar es
admirarnos, maravillarnos de.
En
la sociedad actual, donde uno de los principales productos
de consumo es la crítica, el airear los trapos
sucios y los defectos ajenos, la admiración parece
recién sacada del baúl de los recuerdos.
Es un valor a la baja. ¿Queda algo por admirar?
—se preguntan los adeptos del Nihil admirari,
cegados por los cantos de sirena del igualitarismo y el
relativismo extremo.
Afortunadamente
algunos filósofos están rescatando este
valor para situarlo en el lugar que le corresponde: en
primera fila entre las pasiones del alma (3). Entre ellos,
Michel Lacroix y Aurelio Arteta.
Para
Arteta (4) la admiración moral es 'el sentimiento
de alegría que brota a la vista de alguna excelencia
moral ajena y suscita en su espectador el deseo de emularla'.
Para
Lacroix (5) admirar es subordinarse respetuosamente aquello
que es superior. Un objeto de admiración —dice—
se reconoce porque su riqueza no se agota en una sola
mirada, sino que se revela mediante una frecuentación
paciente, un desciframiento progresivo. “El objeto
de admiración contiene una polisemia y una profusión
de sentidos que explican la impresión que sentimos
en su presencia de no podernos cansar de ellos”.
Por eso el arqueólogo apasionado no se cansa nunca
de contemplar una y otra vez las piedras talladas al binocular.
Para
poder admirar hay que aceptar inclinarse ante la excelencia,
la belleza y la sabiduría de lo ajeno. Esa excelencia
tiene distintas formas y manifestaciones. Los objetos
y las situaciones de la vida cotidiana también
pueden suscitar nuestra admiración si nos tomamos
el tiempo para mirarlos y descubrir en ellos nuevos significados.
Cultivar
la atención y la admiración nos hace ser
más permeables, porosos y receptivos. Nos permite
mantener una relación más amable con el
mundo. Podemos emocionarnos contemplando el mar y embelesarnos
ante las virtudes ajenas. A veces sucede incluso, que
cuando miramos profundamente podemos ver en los demás
cosas que ellos todavía no ven de sí mismos.
Lo que pueden llegar a ser.
Sirvan
de ejemplo estas bellas palabras de Maria Zambrano: sucede
a veces que cuando uno ama a alguien ve en potencia y
latente lo que el otro tenía por nacer. El amor
con su gracia te permitía verlo, porque ves con
otros ojos, no ves con el sentido de la visión
sino que te abres a ese ser y a su reconocimiento, a reconocerlo
en lo que él y ella es, en su singularidad.
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Está
en tus manos... cultivar la atención y aprender
a mirar |
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Los
sabios suelen pecar de lentos, pues una mirada atenta
obliga a detenerse. |
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Baltasar
Gracián |
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Hasta
aquí las palabras. Pero, ¿cómo
cultivar la atención y aprender a mirar?
¿Cómo admirar lo ajeno en lugar de
juzgar? No es tarea fácil si no se tiene
el hábito. Aprender a hacer un nuevo uso
de nuestros sentidos requiere disposición,
entrenamiento y constancia.
A
continuación os proponemos tres posibles
maneras para educar nuestra mirada:
(1)
Estar
disponible,
adoptando una actitud de acogida y abertura ante
el mundo que nos permita reeducar nuestra sensibilidad.
La disponibilidad impide que nos cerremos en nosotros
mismos. Estar disponible significa estar dispuesto
a aprender, a sorprenderse y a disfrutar de lo ajeno...
A contemplar los objetos y las personas que consideramos
dignos de admiración.
(2)
Darle la bienvenida a la lentitud.
Para poder cultivar la atención tenemos que
darnos tiempo. Éste es el principio que sostienen
los defensores del movimiento Slow (6),
cuyo lema es el retorno a la calma. Reivindicar
la lentitud no significa enemistarse con la productividad,
al contrario. Consiste en ser más efectivo,
buscando el ritmo adecuado para cada tarea. Es un
modo de resistirse a la prisa, de plantearse las
cosas con calma para poder detenerse y mirar; para
poder saborear la vida.
(3)
Entrenar
la atención.
Disponemos de un amplio abanico de técnicas
para entrenar y cultivar la atención cuyo
impacto sobre la actividad neuronal ha sido objeto
de diversos estudios científicos. Algunas
técnicas cognitivas como la atención
dirigida y la meditación budista de atención
sostenida (shamatha) son un buen ejemplo de ello.
Un estudio publicado en Current Biology
(7), en el que participaron 76 monjes budistas tibetanos,
pone de manifiesto que los meditadores expertos
tienen una mayor capacidad de atender sin distracciones.
Otro
campo para el entrenamiento de la atención
es la filosofía de vida que propone el «mindfulness»,
del que tanto se oye hablar en Estados Unidos: el
desarrollo de la “atención y conciencia
plena”. Esta filosofía se vale de distintas
técnicas para desarrollar la capacidad de
centrarse en el momento presente, eliminando las
distracciones de la mente. Una experiencia contemplativa,
que consiste en observar sin valorar y en darse
cuenta de lo que uno está pensando y haciendo
en cada momento. (8)
Éstas
son sólo algunas de las posibilidades que
tenemos a nuestro alcance para adherirnos a la filosofía
de los ipsitarianos, un movimiento religioso
al que alude Lacroix cuya profesión de fe
era muy simple: se declaraban dispuestos a “amar,
admirar, venerar todo aquello de excelente que llegase
a su conocimiento”. Su único credo
era la admiración. Su culto consistía
en conmoverse ante las cosas elevadas, a embriagarse
de belleza.
Una
deliciosa filosofía a la que adherirse, practicando
una admiración no aristocrática, aunque
sí selectiva. Una admiración que nos
permita ver y querer emular en los otros ese gesto,
ese juego de palabras... esa gracia! El alimento
para esa mirada no es otro que mantener una mente
fresca y despierta, capaz de mirar con inocencia.
Capaz de mirar como Diego, el chico del libro
de los abrazos.
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Referencias |
(1)
Eduardo Galeano. El libro de los
abrazos. Siglo XXI Editores, México,
1994.
(2) Simone Weil. La gravedad y la gracia.
Editorial Trotta. 2001, Madrid.
(3) Nada nuevo. Ya lo dijo Descartes, en Les
Passions de l’ame (artículo
53).
(4) Michel Lacroix, El culte a l’emoció.
Atrapats en un món d’emocions
sense sentiments. Edicions La campana.
Barcelona, 2005.
(5) Aurelio Arteta. La virtud de la mirada.
Pre-Textos. Valencia, 2002.
(6) Uno de los libros de referencia precursores
de este movimiento es el libro de Carl Honoré,
Elogio de la lentitud. RBA Libros,
Barcelona 2004.
(7) Carter, O.L. y otros (2005). “Meditation
alters perceptual rivalry in Tibetan Buddhist
monks” Current Biology. Vol.
15, Junio 7, 2005, pp. 412-413.
(8) Jon Kabat-Zinn, en su libro Wherever
you go there you are: Mindfulness meditation
in everyday life. (Nueva York, Hyperion,
1994) ha desarrollado un programa en el que
se entrena a las personas en la adquisición
de las habilidades relativas al mindfulness.
Para saber más: Miguel Ángel
Vallejo Pareja. "Mindfulness" Papeles
del Psicólogo. vol. 27 (2) pp.
92-99, 2006.
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