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Febrero de 2007

Aprender a mirar

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
—¡Ayúdame a mirar!

    Eduardo Galeano, El Libro de los abrazos (1)

Diego pide ayuda para aprender a mirar. Enmudecido ante tanta belleza, sabe que mirar no es un ejercicio fácil. Es un niño y aún conserva la inocencia y la capacidad de asombrarse ante lo nuevo. Los adultos hace tiempo que dejamos de enmudecernos contemplando el mar. Lo hemos visto tantas veces que nos cuesta valorar su belleza. Está ahí, lo vemos, pero ya no lo miramos.

Ver es fácil. Es un fenómeno biológico. Mirar, en cambio, requiere atención y tiempo. Atrapados en las prisas y el parloteo de la mente a menudo transitamos por la vida como si viajásemos dentro de un vagón sin ventanas, ajenos a lo que sucede a nuestro alrededor. Por muy extraordinario que sea, nuestro ombligo reclama más atención. En lugar de mirar, vemos para corroborar lo aprendido.

Educar la mirada es una habilidad necesaria para construir interpretaciones más ricas de la realidad. Mirar nos permite ver más allá de las apariencias y de lo obvio; más allá de las máscaras. Las cosas y las personas sólo nos hablan si sabemos escucharlas y mirarlas.

Aprender a mirar pasa por cultivar la atención. Éste es uno de los retos principales de la educación. Los profesores no dejan de recordarnos que la habilidad para mantener la atención tiene un impacto directo en el éxito y el rendimiento de los escolares. El constante bombardeo de estímulos de la era digital mantiene nuestra atención dividida. Los trastornos por déficit de atención son cada vez más frecuentes; y el «síndrome del saltimbanqui» , ese saltar de una tarea a la otra, perdiendo el foco, es uno de los males que aquejan a emprendedores/as y ejecutivos/as.

A menudo achacamos nuestra falta de atención y de concentración al ritmo vertiginoso que nos imponen las tecnologías, como si fuésemos víctimas de esos aparatitos. Buscar responsables ahí afuera y lamentarse es muy cómodo. La queja es fácil y contagiosa, pero nos resta libertad. Para ser autores de nuestra propia biografía hemos de saber capear los estímulos externos e internos para decidir dónde queremos poner la atención y seguir manteniéndola.

En este boletín os invito a reflexionar sobre cómo podemos educar nuestra mirada y cultivar la atención para tener un mayor control sobre nuestros actos y situarnos ante el mundo en una actitud de receptividad. ¡El poner nuestra atención en las cosas es un ejercicio de libertad!

Un atento y cálido abrazo,
   
Maria Pallarés
Coach Personal
   
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Rambla Sant Jordi, 124, 4º 3º 08291 Ripollet (Barcelona)
 
 
Sobre la atención y la admiración
Contempla la luz y admira su belleza. Cierra los ojos y mira.
Leonardo da Vinci 
La admiración te lleva a celebrar la excelencia del otro, y de ese modo te impulsa a ser mejor
Aurelio Arteta

Mirar es, para muchos filósofos y pensadores, una virtud que se consigue a través del ejercicio de la atención. Un ejemplo de ello es la moral de la atención esbozada por Simone Weil (2) a la que nos referíamos en el boletín del mes de Enero. Uno de los mandamientos de esa moral de la atención es la admiración. Si ver es reconocer, mirar es admirarnos, maravillarnos de.

En la sociedad actual, donde uno de los principales productos de consumo es la crítica, el airear los trapos sucios y los defectos ajenos, la admiración parece recién sacada del baúl de los recuerdos. Es un valor a la baja. ¿Queda algo por admirar? —se preguntan los adeptos del Nihil admirari, cegados por los cantos de sirena del igualitarismo y el relativismo extremo.

Afortunadamente algunos filósofos están rescatando este valor para situarlo en el lugar que le corresponde: en primera fila entre las pasiones del alma (3). Entre ellos, Michel Lacroix y Aurelio Arteta.

Para Arteta (4) la admiración moral es 'el sentimiento de alegría que brota a la vista de alguna excelencia moral ajena y suscita en su espectador el deseo de emularla'.

Para Lacroix (5) admirar es subordinarse respetuosamente aquello que es superior. Un objeto de admiración —dice— se reconoce porque su riqueza no se agota en una sola mirada, sino que se revela mediante una frecuentación paciente, un desciframiento progresivo. “El objeto de admiración contiene una polisemia y una profusión de sentidos que explican la impresión que sentimos en su presencia de no podernos cansar de ellos”. Por eso el arqueólogo apasionado no se cansa nunca de contemplar una y otra vez las piedras talladas al binocular.

Para poder admirar hay que aceptar inclinarse ante la excelencia, la belleza y la sabiduría de lo ajeno. Esa excelencia tiene distintas formas y manifestaciones. Los objetos y las situaciones de la vida cotidiana también pueden suscitar nuestra admiración si nos tomamos el tiempo para mirarlos y descubrir en ellos nuevos significados.

Cultivar la atención y la admiración nos hace ser más permeables, porosos y receptivos. Nos permite mantener una relación más amable con el mundo. Podemos emocionarnos contemplando el mar y embelesarnos ante las virtudes ajenas. A veces sucede incluso, que cuando miramos profundamente podemos ver en los demás cosas que ellos todavía no ven de sí mismos. Lo que pueden llegar a ser.

Sirvan de ejemplo estas bellas palabras de Maria Zambrano: sucede a veces que cuando uno ama a alguien ve en potencia y latente lo que el otro tenía por nacer. El amor con su gracia te permitía verlo, porque ves con otros ojos, no ves con el sentido de la visión sino que te abres a ese ser y a su reconocimiento, a reconocerlo en lo que él y ella es, en su singularidad.


Está en tus manos... cultivar la atención y aprender a mirar
Los sabios suelen pecar de lentos, pues una mirada atenta obliga a detenerse.
Baltasar Gracián

Hasta aquí las palabras. Pero, ¿cómo cultivar la atención y aprender a mirar? ¿Cómo admirar lo ajeno en lugar de juzgar? No es tarea fácil si no se tiene el hábito. Aprender a hacer un nuevo uso de nuestros sentidos requiere disposición, entrenamiento y constancia.

A continuación os proponemos tres posibles maneras para educar nuestra mirada:

(1) Estar disponible, adoptando una actitud de acogida y abertura ante el mundo que nos permita reeducar nuestra sensibilidad. La disponibilidad impide que nos cerremos en nosotros mismos. Estar disponible significa estar dispuesto a aprender, a sorprenderse y a disfrutar de lo ajeno... A contemplar los objetos y las personas que consideramos dignos de admiración.

(2) Darle la bienvenida a la lentitud. Para poder cultivar la atención tenemos que darnos tiempo. Éste es el principio que sostienen los defensores del movimiento Slow (6), cuyo lema es el retorno a la calma. Reivindicar la lentitud no significa enemistarse con la productividad, al contrario. Consiste en ser más efectivo, buscando el ritmo adecuado para cada tarea. Es un modo de resistirse a la prisa, de plantearse las cosas con calma para poder detenerse y mirar; para poder saborear la vida.

(3) Entrenar la atención. Disponemos de un amplio abanico de técnicas para entrenar y cultivar la atención cuyo impacto sobre la actividad neuronal ha sido objeto de diversos estudios científicos. Algunas técnicas cognitivas como la atención dirigida y la meditación budista de atención sostenida (shamatha) son un buen ejemplo de ello. Un estudio publicado en Current Biology (7), en el que participaron 76 monjes budistas tibetanos, pone de manifiesto que los meditadores expertos tienen una mayor capacidad de atender sin distracciones.

Otro campo para el entrenamiento de la atención es la filosofía de vida que propone el «mindfulness», del que tanto se oye hablar en Estados Unidos: el desarrollo de la “atención y conciencia plena”. Esta filosofía se vale de distintas técnicas para desarrollar la capacidad de centrarse en el momento presente, eliminando las distracciones de la mente. Una experiencia contemplativa, que consiste en observar sin valorar y en darse cuenta de lo que uno está pensando y haciendo en cada momento. (8)

Éstas son sólo algunas de las posibilidades que tenemos a nuestro alcance para adherirnos a la filosofía de los ipsitarianos, un movimiento religioso al que alude Lacroix cuya profesión de fe era muy simple: se declaraban dispuestos a “amar, admirar, venerar todo aquello de excelente que llegase a su conocimiento”. Su único credo era la admiración. Su culto consistía en conmoverse ante las cosas elevadas, a embriagarse de belleza.

Una deliciosa filosofía a la que adherirse, practicando una admiración no aristocrática, aunque sí selectiva. Una admiración que nos permita ver y querer emular en los otros ese gesto, ese juego de palabras... esa gracia! El alimento para esa mirada no es otro que mantener una mente fresca y despierta, capaz de mirar con inocencia. Capaz de mirar como Diego, el chico del libro de los abrazos.

Referencias


(1) Eduardo Galeano. El libro de los abrazos. Siglo XXI Editores, México, 1994.
(2) Simone Weil. La gravedad y la gracia. Editorial Trotta. 2001, Madrid.
(3) Nada nuevo. Ya lo dijo Descartes, en Les Passions de l’ame (artículo 53).
(4) Michel Lacroix, El culte a l’emoció. Atrapats en un món d’emocions sense sentiments. Edicions La campana. Barcelona, 2005.
(5) Aurelio Arteta. La virtud de la mirada. Pre-Textos. Valencia, 2002.
(6) Uno de los libros de referencia precursores de este movimiento es el libro de Carl Honoré, Elogio de la lentitud. RBA Libros, Barcelona 2004.
(7) Carter, O.L. y otros (2005). “Meditation alters perceptual rivalry in Tibetan Buddhist monks” Current Biology. Vol. 15, Junio 7, 2005, pp. 412-413.
(8) Jon Kabat-Zinn, en su libro Wherever you go there you are: Mindfulness meditation in everyday life. (Nueva York, Hyperion, 1994) ha desarrollado un programa en el que se entrena a las personas en la adquisición de las habilidades relativas al mindfulness. Para saber más: Miguel Ángel Vallejo Pareja. "Mindfulness" Papeles del Psicólogo. vol. 27 (2) pp. 92-99, 2006.

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