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En la antigua Grecia el joven Demóstenes soñaba con ser un gran orador, a pesar de ser tartamudo. Lo consiguió gracias a su coraje, tenacidad y perseverancia. Aquí tienes un fragmento del cuento El Joven de carácter (1), en el que Tihamér Tóth relata la historia del padre de la oratoria:

"Demóstenes perdió de siete años a su padre; su tutor astuto lo despojó de toda la fortuna. En una ocasión el muchacho asistió a un juicio y oyó el discurso del defensor; y cuando el pueblo acompañaba en triunfo al orador, decidió dedicarse también a la oratoria. Desde entonces no tuvo otro pensamiento, ni de día ni de noche. Pero la tarea no era fácil. A su primer discurso la multitud levantó tanto alboroto y escándalo, que tuvo que interrumpirlo, sin poder llegar al final. Abatido discurría por la ciudad, hasta que un anciano le infundió ánimo, y le alentó a seguir ejercitándose. Se aplicó entonces con más tenacidad a conseguir el propósito concebido de antemano. Era blanco de mofas continuas por parte de sus contrarios; pero él no se preocupaba.
De vez en cuando se apartaba por completo de los hombres, y en grutas subterráneas seguía perorando. Tartamudeaba un poco al hablar; para remediar este defecto y para que su lengua se moviera sin trabazón, poníale una piedrecita debajo; íbase a la orilla del mar y gritaba con todas sus fuerzas. Sus pulmones eran débiles; para robustecerlos daba grandes paseos al aire libre y recitaba en voz alta discursos y poesías... Siempre que oía una discusión seria, se iba a su cuarto, pesaba una y otra vez los argumentos de ambas partes, y procuraba fallar quién tenía razón. Y ved ahí, que con esta formación de sí mismo, que no conoció desalientos, poco a poco corrigió sus defectos y llegó a ser orador tan formidable, que sus discursos hoy todavía, después de dos mil trescientos años, son el modelo en que deben estudiar cuantos desean destacarse en el campo de la oratoria". (1)
Sobre el miedo al fracaso
En el último número de las horas hicimos referencia a la dilación o la tendencia a dejar las cosas para el día siguiente. Este hábito se sustenta en el convencimiento de que emprender la acción es más doloroso que aplazar o posponer la tarea que tenemos entre manos. Según dicen los psicólogos, en la raíz de la dilación suele existir un temor oculto, un conflicto o un bloqueo emocional, que cortocircuita la acción. El miedo al éxito, el miedo al fracaso, el miedo al cambio, el perfeccionismo, la impaciencia, la baja tolerancia a la frustración o el sentimiento de culpa son algunos de estos bloqueos emocionales.

En este número os invitamos a reflexionar sobre uno de estos bloqueos: el miedo al fracaso. Según el diccionario de la Real Academia Española el fracaso es "un suceso lastimoso, inopinado y funesto", "un malogro o resultado adverso de una empresa o negocio". En la cultura occidental el fracaso es visto como la cara opuesta del éxito. El éxito es un "resultado feliz", en cambio, el fracaso es el peor de nuestros enemigos: produce vergüenza, desánimo y una pérdida considerable de autoestima.

En realidad, es el miedo al fracaso —y el dolor que asociamos a ese fracaso— lo que tememos, más que el fracaso en sí mismo. Cuando asociamos dolor a iniciar una nueva tarea estamos dirigiendo nuestra atención hacia las pérdidas potenciales y las consecuencias negativas que nos puede ocasionar el no obtener los resultados deseados. Ese dolor nos lleva a inhibir la acción, a demorar tareas y a evitar correr riesgos. Así es como boicoteamos y frustamos muchas de nuestras iniciativas personales.
Nuestro temor a fracasar está estrechamente relacionado con la percepción personal de la propia eficacia. No actuamos porque no nos sentimos capaces todavía. Claro que la capacidad no aparece de golpe, sino que es el resultado de un proceso continuo de aprendizaje. Y las conductas de evitación ni generan confianza ni favorecen el aprendizaje. Como dice el refrán: "nadie nace enseñado".
Si queremos adquirir la confianza necesaria para hacer frente a una tarea específica, debemos pasar por una primera fase de inseguridad, probar cosas, reconocer y analizar nuestros errores y aplicar lo aprendido. En la vida no todo son victorias, también hay que tomar decisiones y equivocarse, enfrentarse a desafíos y no resolverlos... todo ello forma parte del juego. Si nos limitamos a actuar sobre seguro y nos anclamos en nuestra necesidad de certezas, nos estaremos perdiendo muchas posibilidades.
La peor de las catástrofes, vista retrospectivamente, puede aportarnos un valor inestimable. Como dice Antony Robbins (2): "si pruebas algo y no te da resultado, pero de ello sacas la enseñanza que te ayudará a ser más efectivo en el futuro, entonces en realidad has triunfado". Cuán acertado es aquel proverbio que dice: El éxito es el resultado de un juicio certero. El juicio certero es el resultado de la experiencia. La experiencia es a menudo el resultado de un juicio erróneo.
Está en tus manos considerar el fracaso como un enemigo o liberarlo de la connotación negativa que culturalmente se le atribuye, y convertirlo en un aliado, en una parte integral del éxito.
Sobre el miedo al fracaso se ha escrito mucho, sobre todo en el campo de la psicología. A continuación recogemos una reflexión de El techo invisible (3), de Linda Austin, en el que esta profesora de psiquiatría propone tres pasos para superar el fracaso y aprender de esta experiencia.
Paso I: Reagrupa tus tropas
"(...) Tras un revés, lo primero que debes hacer para reagruparte en varias instancias es restablecer tu autoestima. En realidad es un proceso análogo al de un enfrentamiento bélico. Algunas "tropas de tu ego" han caído bajo el fuego enemigo y antes de que comience otra carga, las que han quedado intactas deben reunirse y ayudar a los heridos. Si no te tomas tiempo para reagruparlas, tu próximo intento será débil y fragmentado".
Paso II: Revalorízate
"Si reagruparse es un proceso emocional, revalorizarse lo es cognitivo e intelectual. La revalorización es un análisis estrictamente frío y cristalino, que tiene lugar después de la violenta conmoción producida por el fracaso y del lento proceso de reagrupamiento. En esta instancia analizas lo que no ha funcionado, los puntos donde haber escogido otras opciones el resultado hubiese sido distinto y las medidas que tomarás para volver a la normalidad".
Paso III: Realiza un repliegue estratégico
"En general, después de un revés, las personas de alto nivel de realización no toman una dirección totalmente nueva, ni repiten el mismo impulso hacia el objetivo original, que se mantiene invariable. Más bien utilizan el proceso de revalorización para redefinir su objetivo y la forma en que abordarán su trabajo. Se apoyan en los elementos que funcionaron bien y, a partir de ahí construyen y se expanden sobre esa base fundamental. Abandonan los aspectos de su trabajo que no funcionaron y realizan las modificaciones drásticas precisamente en esas áreas".
(1) Tihamér Tóth, El Joven de carácter. Sociedad de Educación Atenas, Madrid, 4a edición.
(2) Antony Robbins, Mensaje a un amigo. Cómo hacerse cargo de la propia existencia. 1997, Grijalbo, Mondadori, Barcelona.
(3) Linda Austin, El techo invisible. ¿Por qué las mujeres ocupamos sólo el diez por ciento de cargos directivos? Ediciones Urano, Barcelona, 2001. Si no conocéis este libro, os recomendamos encarecidamente su lectura. En él Linda Austin expone cómo el "techo de cristal" —los obstáculos exteriores a los que la mujer tiene que seguir enfrentándose— ha dejado de ser la barrera más significativa que impide el despegue absoluto de la mujer; el techo último está en ella misma.

Este libro recoge la voz de mujeres que, desde ámbitos muy distintos, exponen los retos a los que han tenido que enfrentarse para ir más allá de ese techo de cristal interno.

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