|
Nunca
se empieza igual, porque, como diría Paul Ricoeur, nuestra
identidad es narrativa y lo que hemos padecido y gozado a lo largo
de medio siglo de existencia constituye un bagaje que interviene,
consciente o inconscientemente, en nuestras decisiones de futuro.
Se tienen más capacidades para evaluar las probabilidades
de éxito y de fracaso, se disponen de más elementos
para deliberar y para tomar las decisiones oportunas. Los fracasos
del pasado, si han cicatrizado adecuadamente, son lecciones de vida
que nos permiten enfrentarnos a los nuevos desafíos.
A
los 50 uno ya lleva tiempo enfrentándose a la pregunta socrática
por antonomasia y ya está en condiciones de balbucear alguna
respuesta convincente. Aunque quizás no sepa exactamente
quién es, ni por qué está en el mundo, sabe,
cuando menos, quién no es y también dónde están
sus límites y posibilidades. Lo ha aprendido por ensayo y
error. Todo deja mella en la identidad personal.
En
la persona madura subsite un resquicio de juventud que se niega
a desaparecer, pero, a la vez, se asoma ya la luz de la ancianidad,
con su sabiduría vital. Brío y experiencia, entusiasmo
y serenidad, vida activa y vida contemplativa. Esta dialéctica
de opuestos es lo propio de la edad madura. No en vano fue considerada
por los clásicos la plenitud de la vida.
La
vida no es el eterno retorno de lo mismo, ni la interacción
mecánica de movimientos y procesos. Nacemos una vez, ciertamente,
pero tenemos la capacidad de renacer en cada etapa. Cuando uno renace
a los cincuenta, no padece la vulnerabilidad del niño ni
el ímpetu del joven, pero posee el juicio para dirimir qué
es lo que va a dotar de sentido la mitad de la vida que, supuestamente,
le falta por vivir.
|