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Enero de 2007

El collar de la señorita Pepis

Estos días de reencuentro familiar han sido una magnífica ocasión para disfrutar de pequeños y grandes placeres. Hace unos años me resistía a la Navidad, un poco en la línea de Manuel Trallero, pediodista que reparte a diestro y siniestro, y que el día de Navidad nos deleitó con un artículo en su más puro estilo Mr. Scrooge (1). Espero que a nadie se le atragantasen los turrones leyéndolo.

Estoy en las antípodas de Trallero, a pesar de que me cae muy simpático. Hace tiempo que aprendí a disfrutar la Navidad, aunque estas fechas no tengan para mi ningún valor especial, igual que he aprendido a disfrutar de cualquier instante de la vida. La Navidad y la parafernalia consumista que la envuelve están ahí, nos guste o no. Oponer resistencia a cosas que están fuera de nuestro control puede encender nuestras alarmas emocionales y puede llegar, incluso, a provocar un incendio.

La filosofía del estar presente y “dejarse ir”, sin oponer resistencia, me parece una estrategia mucho más efectiva. Como entrante a esta filosofía, sobre la que volveré en próximos boletines, y para darle la bienvenida al 2007, les voy a compartir uno de mis momentos entrañables de estas navidades: cómo disfrutar haciendo un collar de la señorita Pepis.

El día Navidad, gracias a los buenos alimentos con los que se nutrió del señor Tió, pasé la tarde jugando a hacer collares con el recién estrenado juego —al más puro estilo de la señorita Pepis—, de mi sobrina Alicia. Pasamos por un hilo decenas de bolitas milimétricas, una de un color, otra de otro color, una tercera... y así, sucesivamente, hasta hacer un collar lo suficientemente largo para darle dos vueltas. Mi sobrina se impacientaba. Le parecía un juego demasiado lento y cansino. La oía murmurar: ¡Ay, tieeeeeta.......qué difícil! ¡Ufff... Esto no se acaba nunca...!

Creo que finalmente conseguí transmitirle, en mi rol de tieta cómplice de juegos y, sin pretensiones educativas, el placer de disfrutar ese instante. Ese introducir las bolitas en el hilo de nylon: una a una, xino-xano, ¡sin aguja!. Al final tendría un collar precioso, pero ésa no era la cuestión. Nuestro estimado Tió no depositó una fábrica de collares, sino un juego para disfrutar haciendo collares. El resultado final no era lo importante sino el proceso. Y es que disfrutar del camino, estar ahí y abrirse a los sentidos, es un resultado en sí mismo.

Casualmente hace un par de días cayó en mis manos el último libro de Sennet (2). En él este agudo sociólogo se plantea cómo hacer frente a la nueva cultura neocapitalista que se asienta sobre la ilusoria potencia del consumo. Como alternativas propone la recuperación de ciertos valores, entre ellos, el espíritu artesanal: el deseo de hacer algo bien por el simple hecho de hacerlo.

Hacer algo por el simple hecho de hacerlo significa que vale la pena ocuparse por ello como un fin en sí mismo. Por eso es un valor. El amor es un buen ejemplo de este tipo de valores. Estar enamorado de alguien no sólo es bueno como un medio para conseguir otras cosas. Sin duda puede proporcionar otros bienes (sexo, satisfacción, una vida más rica, etc.) pero eso no es todo. Merece la pena preocuparse por el amor en sí mismo. De hecho, “amar a alguien tan sólo porque nos reporta algo que queremos significa presumiblemente que en realidad no le amamos en absoluto.” (3)

La artesanía de collares entra dentro esta categoría de valores. La capacidad de disfrutar las cosas sólo por el placer de hacerlas y sentirlas, como un fin en sí mismas y no por razones instrumentales. Rendir culto a estos valores parece cada vez más difícil en nuestro mundo líquido (4). ¿Para qué conformarse con un collar artesanal si los fabricados en serie son más bonitos y modernos? ¿Para qué perder el tiempo si en un establecimiento comercial puedo encontrar un collar mejor y renovarlo en cuanto me apetezca?

El homo consumens de nuestras sociedades líquidas busca desesperadamente nuevos bienes que le procuren sensaciones nuevas e inexploradas. Como dice Bauman (4) “La vida del consumidor invita a la liviandad y a la velocidad, así como a la novedad y variedad que se espera que éstas alimenten y proporcionen (...). En la sociedad de consumo, la imagen del éxito es la del prestidigitador”. Una vez éste ha conseguido su ansiado nuevo juguete, desaparece, como por arte de magia, su valor. Su mera posesión lo vacía de significado.

Este querer siempre más y más... nos hace ir por la vida con una venda en los ojos. No podemos disfrutar de lo que tenemos y hacemos porque nuestra cabeza está en otra parte. Nos proyecta hacia los placeres que reserva el futuro. “Cuando haya acabado el proyecto... dedicaré más tiempo a la familia”. “Cuando encuentre la mujer de mis sueños... ¡entonces seré feliz!” Con tantos cuándo y tantas visualizaciones positivas, nos anestesiamos y nos olvidamos del mientras tanto.

En mi faceta de coach ayudo a las personas a marcarse objetivos y a planificar. Conozco el valor de los objetivos y los planes de acción como el/la que más. Es muy importante vivir con sentido y tener proyectos a medio y largo plazo que den significado a nuestra existencia. Pero eso no nos exime de la responsabilidad de estar aquí y ahora, de vivir en presente. Actitud ésta que no tiene nada que ver con el trillado “vivir el presente” –pretensión muy líquida, por cierto.

Vivir en presente y vibrar haciendo un collar de la señorita Pepis requiere tiempo, atención y mucho amor. ¡Menuda trilogía en la cultura del zapping y de las emociones-choque! Para romper la adicción a la sobreestimulación sensorial de nuestro mundo líquido, Lacroix (5) propone reeducar nuestra sensibilidad a través de una moral de la atención (6). Para este filósofo, otorgar a los seres y a las cosas nuestra atención pasa por “ejercitarnos en el sentir”.

Un ejemplo de este ejercicio es el espíritu con el que Rousseau practicaba la botánica:

“Su pasión por la herborización le aportaba satisfacciones profundas porque no había ningún cálculo. Jean-Jacques no quería ni conseguir la celebridad, ni hacer fortuna, ni procurarse plantas medicinales, ni reunir materiales para un tratado científico. Sólo le animaba el placer de descubrir la diversidad de las especies vegetales”.

Los mandamientos para esta moral de la atención que sugiere Lacroix, muy alejado del moralismo fácil, son la disponibilidad, la capacidad de admiración, y la lentitud:

“La lentitud amplía el breve espacio entre el pasado y el futuro. Da cuerpo al presente. Hace posible no sólo una presencia más grande en el mundo, sino una presencia más grande en el presente. El hombre que hace las cosas lentamente puede extraer todo el jugo emocional del ahora y el aquí. Saborea el gusto de la vida. Saca provecho de las suaves emociones del presente.”

Sobre la atención, la disponibilidad y la capacidad de admiración les hablaré con más profundidad en el próximo boletín. Me despido ya, agradeciéndoles de todo corazón su compañía un año más. No sé si ya tienen lista de “propósitos” para el 2007 o prefirieron no hacerla.

Yo sólo tengo uno. Este año no me voy a comprar juguetes nuevos. Voy a jugar más con las cosas que ya tengo, con mis juguetes viejos. Son viejos, sí, y precisamente por ello mucho más sabios y bellos. Todavía guardan muchos secretos y sorpresas por descubrir. Quiero pasar más tiempo con ellos, contemplarlos, sentirlos, vivirlos... amarlos.

¡Feliz 2007!  
 
Maria Pallarés
Coach Personal
   
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Referencias


(1) Manuel Trallero. "¿Y si no me gusta la Navidad?" La Vanguardia, 25 de Diciembre.

(2) Richard Sennet. La cultura del nuevo capitalismo. Editorial Anagrama, 2006.

(3) Tomo prestada esta idea y estas palabras de Michael P. Lynch. La importancia de la verdad para una cultura pública decente. Ed. Paidós, 2005.

(4) Concepto que desarrolla el sociólogo Aygmunt Bauman, en su obra Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica, Madrid. 2005.

(5) Michel Lacroix. El culte a l’emoció. Atrapats en un món d’emocions sense sentiments. Edicions La Campana. Barcelona, 2006. (Creo que no está editado en castellano).

(6) Lacroix se basa en el trabajo de Simone Weil. En La gravedad y la gracia, Trotta, 1998.

 

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