Estos
días de reencuentro familiar han sido una magnífica
ocasión para disfrutar de pequeños y grandes
placeres. Hace unos años me resistía a la
Navidad, un poco en la línea de Manuel Trallero,
pediodista que reparte a diestro y siniestro, y que el
día de Navidad nos deleitó con un artículo
en su más puro estilo Mr. Scrooge (1). Espero que
a nadie se le atragantasen los turrones leyéndolo.
Estoy
en las antípodas de Trallero, a pesar de que me
cae muy simpático. Hace tiempo que aprendí
a disfrutar la Navidad, aunque estas fechas no tengan
para mi ningún valor especial, igual que he aprendido
a disfrutar de cualquier instante de la vida. La Navidad
y la parafernalia consumista que la envuelve están
ahí, nos guste o no. Oponer resistencia a cosas
que están fuera de nuestro control puede encender
nuestras alarmas emocionales y puede llegar, incluso,
a provocar un incendio.
La
filosofía del estar presente y “dejarse ir”,
sin oponer resistencia, me parece una estrategia mucho
más efectiva. Como entrante a esta filosofía,
sobre la que volveré en próximos boletines,
y para darle la bienvenida al 2007, les voy a compartir
uno de mis momentos entrañables de estas navidades:
cómo disfrutar haciendo un collar de la señorita
Pepis.
El
día Navidad, gracias a los buenos alimentos con
los que se nutrió del señor Tió,
pasé la tarde jugando a hacer collares con el recién
estrenado juego —al más puro estilo de la
señorita Pepis—, de mi sobrina Alicia. Pasamos
por un hilo decenas de bolitas milimétricas, una
de un color, otra de otro color, una tercera... y así,
sucesivamente, hasta hacer un collar lo suficientemente
largo para darle dos vueltas. Mi sobrina se impacientaba.
Le parecía un juego demasiado lento y cansino.
La oía murmurar: ¡Ay, tieeeeeta.......qué
difícil! ¡Ufff... Esto no se acaba nunca...!
Creo
que finalmente conseguí transmitirle, en mi rol
de tieta cómplice de juegos y, sin pretensiones
educativas, el placer de disfrutar ese instante. Ese introducir
las bolitas en el hilo de nylon: una a una, xino-xano,
¡sin aguja!. Al final tendría un collar precioso,
pero ésa no era la cuestión. Nuestro estimado
Tió no depositó una fábrica de collares,
sino un juego para disfrutar haciendo collares. El resultado
final no era lo importante sino el proceso. Y es que disfrutar
del camino, estar ahí y abrirse a los sentidos,
es un resultado en sí mismo.
Casualmente
hace un par de días cayó en mis manos el
último libro de Sennet (2). En él este agudo
sociólogo se plantea cómo hacer frente a
la nueva cultura neocapitalista que se asienta sobre la
ilusoria potencia del consumo. Como alternativas propone
la recuperación de ciertos valores, entre ellos,
el espíritu artesanal: el deseo de hacer algo
bien por el simple hecho de hacerlo.
Hacer
algo por el simple hecho de hacerlo significa que vale
la pena ocuparse por ello como un fin en sí mismo.
Por eso es un valor. El amor es un buen ejemplo de este
tipo de valores. Estar enamorado de alguien no sólo
es bueno como un medio para conseguir otras cosas. Sin
duda puede proporcionar otros bienes (sexo, satisfacción,
una vida más rica, etc.) pero eso no es todo. Merece
la pena preocuparse por el amor en sí mismo. De
hecho, “amar a alguien tan sólo porque nos
reporta algo que queremos significa presumiblemente que
en realidad no le amamos en absoluto.” (3)
La
artesanía de collares entra dentro esta categoría
de valores. La capacidad de disfrutar las cosas sólo
por el placer de hacerlas y sentirlas, como un fin en
sí mismas y no por razones instrumentales. Rendir
culto a estos valores parece cada vez más difícil
en nuestro mundo líquido (4). ¿Para qué
conformarse con un collar artesanal si los fabricados
en serie son más bonitos y modernos? ¿Para
qué perder el tiempo si en un establecimiento comercial
puedo encontrar un collar mejor y renovarlo en cuanto
me apetezca?
El
homo consumens de nuestras sociedades líquidas
busca desesperadamente nuevos bienes que le procuren sensaciones
nuevas e inexploradas. Como dice Bauman (4) “La
vida del consumidor invita a la liviandad y a la velocidad,
así como a la novedad y variedad que se espera
que éstas alimenten y proporcionen (...). En la
sociedad de consumo, la imagen del éxito es la
del prestidigitador”. Una vez éste ha conseguido
su ansiado nuevo juguete, desaparece, como por arte de
magia, su valor. Su mera posesión lo vacía
de significado.
Este
querer siempre más y más... nos
hace ir por la vida con una venda en los ojos. No podemos
disfrutar de lo que tenemos y hacemos porque nuestra cabeza
está en otra parte. Nos proyecta hacia los placeres
que reserva el futuro. “Cuando haya acabado el proyecto...
dedicaré más tiempo a la familia”.
“Cuando encuentre la mujer de mis sueños...
¡entonces seré feliz!” Con tantos cuándo
y tantas visualizaciones positivas, nos anestesiamos y
nos olvidamos del mientras tanto.
En
mi faceta de coach ayudo a las personas a marcarse objetivos
y a planificar. Conozco el valor de los objetivos y los
planes de acción como el/la que más. Es
muy importante vivir con sentido y tener proyectos a medio
y largo plazo que den significado a nuestra existencia.
Pero eso no nos exime de la responsabilidad de estar aquí
y ahora, de vivir en presente. Actitud ésta que
no tiene nada que ver con el trillado “vivir el
presente” –pretensión muy líquida,
por cierto.
Vivir
en presente y vibrar haciendo un collar de la señorita
Pepis requiere tiempo, atención y mucho amor. ¡Menuda
trilogía en la cultura del zapping y de las emociones-choque!
Para romper la adicción a la sobreestimulación
sensorial de nuestro mundo líquido, Lacroix (5)
propone reeducar nuestra sensibilidad a través
de una moral de la atención (6). Para
este filósofo, otorgar a los seres y a las cosas
nuestra atención pasa por “ejercitarnos en
el sentir”.
Un
ejemplo de este ejercicio es el espíritu con el
que Rousseau practicaba la botánica:
“Su
pasión por la herborización le aportaba
satisfacciones profundas porque no había ningún
cálculo. Jean-Jacques no quería ni conseguir
la celebridad, ni hacer fortuna, ni procurarse plantas
medicinales, ni reunir materiales para un tratado científico.
Sólo le animaba el placer de descubrir la diversidad
de las especies vegetales”.
Los
mandamientos para esta moral de la atención que
sugiere Lacroix, muy alejado del moralismo fácil,
son la disponibilidad, la capacidad de admiración,
y la lentitud:
“La
lentitud amplía el breve espacio entre el pasado
y el futuro. Da cuerpo al presente. Hace posible no sólo
una presencia más grande en el mundo, sino una
presencia más grande en el presente. El hombre
que hace las cosas lentamente puede extraer todo el jugo
emocional del ahora y el aquí. Saborea el gusto
de la vida. Saca provecho de las suaves emociones del
presente.”
Sobre
la atención, la disponibilidad y la capacidad
de admiración les hablaré con más
profundidad en el próximo boletín. Me despido
ya, agradeciéndoles de todo corazón su compañía
un año más. No
sé si ya tienen lista de “propósitos”
para el 2007 o prefirieron no hacerla.
Yo
sólo tengo uno. Este año no me voy a comprar
juguetes nuevos. Voy a jugar más con las cosas
que ya tengo, con mis juguetes viejos. Son viejos, sí,
y precisamente por ello mucho más sabios y bellos.
Todavía guardan muchos secretos y sorpresas por
descubrir. Quiero pasar más tiempo con ellos, contemplarlos,
sentirlos, vivirlos... amarlos. |