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El coaching se ha puesto de moda en nuestro país. Cada vez
es más conocido tanto dentro como fuera de la empresa. En
este artículo mi propósito es introducir algunas de
las posibilidades que nos brinda para superar los obstáculos
que se interponen en la consecución de nuestros objetivos
personales y profesionales.
Las mujeres tenemos que salvar algunos escollos adicionales para
conseguir nuestras metas. A los hombres se les ha educado para ser
proactivos. Nosotras, en cambio, hemos sido educadas para reaccionar
ante las necesidades de los demás.
A lo largo de la vida hemos ido recibiendo una serie de mensajes
sobre cuáles son nuestras responsabilidades y qué
se espera de nosotras en los distintos roles: como madres, esposas,
hijas... Este constante bombardeo, procedente de distintos medios
y personas, ha configurado nuestro sistema de creencias.
No son pocas las mujeres que no se dan cuenta de lo muy influenciadas
que están por las expectativas sociales. La socialización
nos ha hecho creer que algunas conductas como ser buenas, amigables
y desprendidas o estar siempre disponibles son la expresión
intrínseca de nuestra personalidad.
Pero,
¿realmente
es así? ¿Nos cuesta decir que no porque siempre somos
amables y generosas o por miedo a no ser queridas?. La realidad,
y muchos estudios sociológicos y antropológicos así
lo indican, es que no somos buenas por naturaleza, si no porque
se nos ha enseñado a ser buenas.
La
buena noticia es que las conductas, al igual que las creencias,
se pueden desaprender. Para ello, primero hay que saber cuáles
nos impulsan y cuáles nos limitan.
De
las distintas creencias autolimitadoras, voy a referirme aquí
a tres de ellas: (1) querer ser buenas y complacientes; (2) pensar
que debemos estar siempre disponibles para satisfacer las demandas
y necesidades de los demás: (3) creer que somos omnipotentes
y que podemos llegar a todo.
Cada
creencia se asocia a un “síndrome” específico:
(1) El síndrome de la “good girl”
o la necesidad de ser buena, agradar y complacer a los demás.
Detrás de este comportamiento se esconden varios miedos:
el miedo a ser rechazadas, a ser criticadas, a caer antipáticas...
Esta necesidad de ser queridas nos conduce inexorablemente al autosabotaje:
a menudo estamos dispuestas a sacrificar objetivos personales por
conseguir la aprobación de los demás.
Nos pasamos la vida haciendo favores que en realidad no queremos
hacer, por no saber decir que no; y dejamos que los demás
invadan nuestro espacio y nuestro tiempo porque no sabemos establecer
límites... Ser una “buena chica” consume, sin
duda, mucho tiempo, espacio y energía.
(2) El síndrome de “la madre y la esposa ideal”,
o el creerse que el sacrificio forma parte del destino femenino.
La normativa social ha hecho creer a las mujeres que, de acuerdo
con su rol de cuidadoras, deben estar siempre disponibles para satisfacer
las demandas y las necesidades de los demás.
Esta
creencia está en la base de la autopostergación. Hoy
en día todavía son muchas las mujeres que están
dispuestas a sacrificar sus propios proyectos en aras de los de
sus seres queridos. Esta entrega las hace sentirse útiles
y queridas; pero el peaje que pagan por ello es muy elevado.
(3) El síndrome de la “superwoman” o
la falsa creencia de que es posible llegar a TODO. Hay mujeres que
asumen más responsabilidades de las que humanamente pueden
gestionar. Se autoexigen cumplir a la perfección con un sinfín
de tareas las veinticuatro horas del día para poder compatibilizar
profesión, pareja, hijos, padres mayores...
Además, la supermujer se atrapa en el perfeccionismo y se
fija unos niveles de exigencia demasiado elevados en todos los roles
y facetas de la vida. Los costes que paga por ello son de sobras
conocidos: estrés, cansancio, dificultades para priorizar,
sentimiento de culpa... y un largo etcétera.
El coaching comoo recurso para vencer esos obstáculos
¿Cómo
liberarse de todos estos síndromes y de las creencias que
los sustentan? Identificar cómo los estereotipos nos condicionan
es un primer paso para liberarse de su influencia, pero no es suficiente.
En
los procesos de coaching se asiste a una persona para que supere
estos obstáculos de tres maneras, principalmente: (a) cuestionando
creencias limitadoras, (b) regulando pensamientos y respuestas emocionales
y (c) cambiando hábitos en la manera de hacer y de comportarse.
(a)
Cuestionar creencias limitadoras
Un
coach ayuda a sus clientes a identificar estas creencias, a cuestionarlas
y a reemplazarlas por otras más capacitadoras. ¿Podemos
conseguir lo mismo en solitario? —me preguntan a menudo.
A veces sí, a veces no —respondo.
Tenemos
muchas áreas ciegas a las que nos cuesta acceder, porque
nuestra percepción está condicionada por nuestros
paradigmas. Como dice el proverbio: el pez no sabe que está
dentro del agua hasta que no lo sacas. Contar
con un apoyo externo nos permite ampliar nuestra perspectiva y nuestras
posibilidades de actuación.
Si
tomamos como ejemplo el síndrome de la “good girl”
y su creencia de base —la necesidad de agradar y de ser queridas—
desde un punto de vista racional sabemos que es imposible no desagradar
nunca a nadie; que siempre habrá alguien a quien no le gustemos.
A pesar de ello, no son pocas las mujeres convierten la búsqueda
de aprobación en una exigencia.
Está
en nuestras manos cambiar estas reglas por preferencias flexibles.
Si nuestras autoimposiciones nos hacen sufrir innecesariamente,
debemos esforzarnos por pensar, sentir y actuar de manera no exigente.
Es
deseable ser queridas y conseguir la aprobación de la gente
de nuestro entorno, pero no es imprescindible; podemos vivir perfectamente
sin ella. Nadie
está en este mundo para agradar a los demás. Además,
si fuésemos queridas por todos: ¿dónde alojaríamos
tanto amor?
(b)
Regular pensamientos y respuestas emocionales
Una
de las formas de cuestionar las creencias incapacitadoras es corrigiendo
hábitos nocivos en la manera de pensar. Igual que vamos al
gimnasio para modelar nuestra musculatura también podemos
modelar nuestros pensamientos, aprendiendo a decidir dónde
queremos poner nuestra atención y dónde no.
Podemos
redirigir nuestra atención cambiando nuestro diálogo
interno. La manera como nos hablamos está estrechamente relacionada
con los resultados que conseguimos en la vida.
Todos tenemos un autosaboteador interno —un gremlin gruñón—
que se empeña en recordarnos una y otra vez nuestras zonas
más grises: “no podré...”, “no soy
capaz...”, “no sé negociar...”.
Esos pensamientos nos restan energía y capacidad de actuación.
Cada vez que nos repetimos un pensamiento negativo estamos incrementando
su poder.
Afortunadamente, disponemos de distintas técnicas y recursos
para detener pensamientos negativos recurrentes, para fulminar creencias
irracionales y para dejar de ser esclavos de nuestras emociones.
Con un entreno en estrategias de eficacia emocional podemos aprender
a interpretar la realidad de una forma racional y constructiva;
y dejar de hacernos sufrir innecesariamente.
(c) Cambiar hábitos en la manera de hacer
El
cambio en la manera de pensar y de sentir debe ir acompañado
de un cambio en la manera de actuar. No basta con desear una cosa
para que ésta se convierta en realidad.
Si nos quedamos en el mundo contemplativo, dándole vueltas
una y otra vez a nuestros proyectos —sin pasar a la acción—,
difícilmente conseguiremos unos resultados satisfactorios.
Si los resultados que obtenemos no son los deseados, deberíamos
hacer otras cosas, o incorporar algún cambio en nuestras
pautas de conducta para conseguir resultados diferentes.
Hacer las cosas de otra manera significa vencer la pereza de salir
de nuestra zona de confort. A las personas reactivas les cuesta
mucho adentrarse más allá de ese espacio conocido,
seguro y confortable. Se limitan a hacer siempre lo mismo; esperan
a que se declare fuego para combatirlo.
Quedarse en la zona de confort nos proporciona escasas opciones
para crecer y aprender. En cambio, cuanto más nos exponemos
a las situaciones que tememos y más nos acostumbramos a vivir
en la incomodidad, más se fortalece nuestra autoconfianza
y nuestro sentimiento de autoeficacia.
Salir de nuestra zona de confort significa adoptar un comportamiento
proactivo. Las personas proactivas no se quedan ancladas en el mundo
de las ideas: se levantan cada día para hacer que pasen cosas.
Son
personas que saben lo que quieren, que viven de acuerdo con sus
valores y que actúan con decisión y determinación
para alcanzar sus metas.
El coaching fomenta el cambio y el aprendizaje para desarrollar
los hábitos de la proactividad y liderar las propias vidas.
No debemos olvidar que si no asumimos la responsabilidad de tomar
el timón, alguien lo hará por nosotras; y, en ese
caso, difícilmente podremos controlar el destino al que nos
dirigimos.
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