Especial nº 1 Agosto de 2004  
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Junto con Las Horas, Mproactiva distribuye una vez al mes un número especial en el que ofrecemos una reflexión sobre algún tema que consideramos puede ser del interés de nuestr@s lector@s.
Las temáticas sobre las que queremos ofrecer nuestra mirada son variadas. Cubren áreas como el coaching y el desarrollo personal, trabajos de género, e incluso breves reflexiones filosóficas sobre un concepto, una idea, un autor/a, o una línea de pensamiento.
Para empezar, y teniendo en cuenta la época del año en la que nos encontramos, te invitamos a reflexionar sobre uno de los peligros de las vacaciones: el aburrimiento.
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Maria Pallarés
Coach personal
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Hoy es 7 de agosto, el calor aprieta. Media España está de vacaciones; la otra media desearía estarlo. Éste podría ser el titular de un artículo o el comienzo de un programa de radio. Pero no lo es. Es tan sólo un pretexto para reflexionar sobre uno de los males que —junto a la canínula de media tarde—, nos azotan durante esta época del año: el aburrimiento. Como ya señalase el psiquiatra Viktor Frankl en su día, el aburrimiento se ha convertido en la enfermedad colectiva de la cultura occidental.

Las vacaciones, como paréntesis en nuestra actividad habitual, deberían ser un espacio de liberación y de descanso; un tiempo de disfrute y satisfacción. Sin embargo, diversos estudios nos recuerdan que, para algunas personas, el periodo vacacional puede llegar a convertirse en algo insoportable.

A lo largo del año actuamos de acuerdo con unas estructuras fijas que suelen venirnos impuestas desde el exterior: el horario laboral, el calendario escolar de nuestros hijos... Estamos acostumbrados a unos hábitos y a una regularidad que nos permite dominar el tiempo, situar los días y las horas; y evitar así la dispersión. En cambio, en verano, fuera del rígido corsé semanal, es mucho más difícil ocupar las horas del día. Por eso las vacaciones pueden acabar convirtiéndose en una fuente de angustia. De ahí que los expertos de la salud hayan acuñado el término de "estrés vacacional".
La ruptura momentánea con las reglas diarias, —de las que tanto nos quejamos y que al mismo tiempo tanta tranquilidad nos proporcionan— nos enfrenta a un deseado y peligroso reto: llenar un vacío de quince y hasta treinta días con un programa que nos permita escapar de lo rutinario y que cubra nuestras expectativas y, según el caso, las de nuestros familiares. Afortunadamente, hoy en día diponemos de una inabarcable oferta de entretenimiento que nos permite escoger entre un sinfín de actividades frenéticas y apasionantes, distintas y originales, que se escapan a la rutina del día a día.
Tanto es así que a veces es difícil resistirse a la tiranía de lo exótico. Si hacemos un viaje transoceánico a algún destino alejado espacial y culturalmente, mucho mejor; a la vuelta tendremos la ocasión de torturar amablemente a nuestros amigos con inagotables pases de fotografías. Esta opción es tan respetable como cualquier otra, pero en tiempos de obligado exotismo y de diversión organizada, me atrevo a decir que quizá lo verdaderamente exótico sea mirar el propio espacio personal con ojos de extranjero. Luego, siempre se puede —si se quiere—, disfrazar lo cotidiano con el traje de la aventura.

Ante tantas ofertas y tantas posibilidades para la evasión, quedarse en casa puede parecerle a algunos una forma poco glamurosa de hacer vacaciones. Otros, sin embargo, aprovecharán este momento para hacer con agrado todo aquello que no suelen hacer a lo largo del año. Quedarse en casa en vacaciones es una oportunidad única para descubrir o redescubrir la belleza bajo lo ordinario, distinguir las riquezas ocultas, los pequeños detalles de las cosas y las personas que nos rodean.

A medida que escribo estas líneas me estoy acordando de El primer trago de cerveza (1) un libro que se convirtió en todo un acontecimiento literario en Francia, al poco de publicarse. En él, Phillipe Delerm describe esas situaciones que, en los tiempos ajetreados en que vivimos, se deslizan sin que les prestemos la debida atención y que, en cambio, encierran el germen del buen vivir: el placer de leer la prensa un domingo, oler unos cruasanes recién hechos, o saborear un trago de tu cerveza favorita.
Quizás algunos no sepan valorar esos pequeños placeres y fruslerías, porque les parecen demasiado vulgares o minimalistas; o por considerar que carecen de originalidad. Para quien siempre anda buscando el aliciente de lo novedoso, quedarse en casa puede ser un soberano aburrimiento. Y esto es así porque el aburrimiento se suele asociar con la monotonía y la rutina. Sin embargo —si me permiten que utilice las palabras de Pascal Bruckner—"lo aburrido es nuestra mirada y no la realidad" (2).

El tedio y la insatisfacción que provoca el aburrimiento no deriva de la falta de oportunidades para llenar el tiempo o de la falta de acción, sino más bien de la sensación de sinsentido, o de vacío interior. Muchas veces se confunde el no hacer nada con el aburrimiento, sin tener en cuenta que la persona mas ocupada puede ser la más aburrida.

También es curiosa nuestra tendencia a caer en la trampa de atribuir el remedio al aburrimiento a agentes externos. Esperamos que alguien o algo externo a nosotros nos libere de nuestro tedio. ¿Cuántas veces hemos esperado una llamada que nunca ha llegado para hacer algo que probablemente podríamos haber hecho solos? ¿Cuántas veces hemos depositado la responsabilidad de administrar nuestro tiempo en manos ajenas? ¿No será que el aburrimiento indica una cierta discapacidad de poder estar a solas? Quizás es hora de preguntarnos si no invertimos demasiado tiempo buscando fuera lo que sin duda deberíamos encontrar, primero, en nuestro interior.

Las personas que lideran su propia vida, que tienen un comportamiento proactivo, siempre encuentran la manera o las maneras de asumir el protagonismo de su tiempo libre. Valoran los momentos de recogimiento en los que puedan encontrarse a sí mismas, preguntarse acerca de sus necesidades y decidir las próximas acciones. Las personas proactivas se conocen y saben lo que quieren. Pueden escoger entre la quietud y la calma, o un viaje a un destino paradisíaco; pueden emocionarse contemplando una puesta de sol o escuchando las risas de las niños que juegan en el parque; pero en cualquiera de los casos, siempre asumen la responsabilidad de las decisiones que han tomado.

Si no nos hemos ido fuera estas vacaciones, basta con limpiar de impurezas nuestra mirada para descubrir la belleza de lo que nos rodea. Se me ocurre un listado interminable de cosas que hacer: leer un buen libro, escuchar música, escribir, visitar rincones inexplorados de la ciudad —libres ahora del bullicio de otras épocas del año—, disfrutar de la compañía de las personas que son importantes en nuestras vidas... Está en nuestras manos convertir nuestras vacaciones en un tiempo privilegiado de reencuentros o descubrimientos.

"En el mundo hay más de un camino hacia la alegría, más de una forma de satisfacción. De la misma manera que una obra de arte nos revela nuevos aspectos de la vida y así contribuye a embellecerla, a nuestro alrededor hay seres tentadores, solares y radiantes, que nos invitan a deslizarnos en otros destinos. Ellos experimentan artes de vivir desconocidos, separan la felicidad de sus definiciones canónicas, la lanzan tras nuevos rastros. A veces no está mal ceder a su llamada, seguirlos como los niños al flautista, porque nos contagian "vicios nuevos". (2)
Que cada cual disfrute las vacaciones a su manera. Pero, sobre todo, sean congruentes: hagan aquello que les apetece hacer; lo que de verdad desean. No se hipotequen para irse al otro extremo del mundo sólo porque eso es lo que hacen los demás; no se vayan a la playa si detestan el sol. Descubran qué es lo que más ilusión les hace. Y —si lo que les apetece es aprender a nadar— váyanse a la piscina y empiecen a sumergirse. Nunca es tarde para aprender a nadar como un delfín.
Ante todo, pregúntense: ¿Cuál es el propósito de mis vacaciones? ¿Descansar? ¿Conocer gente? ¿Tomar el sol? ¿Haraganear? ¿Escribir? ¿Pensar?... Cuando tengan la respuesta, escojan la opción que esté mejor alineada con esa finalidad. Si escogen lo que realmente desean y no lo que dictan las modas u otras personas de su entorno, les aseguro que estas vacaciones serán inolvidables.
Estén donde estén, hagan lo que hagan, les deseo que pasen unas felices vacaciones.
Un saludo afectuoso,

Maria Pallarés
Coach Personal

Referencias

(1) Phillipe Delerm. El primer trago de cerveza y otros placeres de la vida, Barcelona, Ed. Tusquets, 1998.
(2) Pascal Bruckner. La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz. Barcelona. Ed.Tusquets. 2001
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