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Gemebundos y quejillosos estamos |
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Autor:
Ángel Gabilondo, rector de la Universidad
Autónoma de Madrid |
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La
Vanguardia, Lunes, 4 de Octubre de 2004 |
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Quejémonos
una y otra vez. Tal
parece ser el destino de quienes se autodenominan exigentes y realistas.
No hacerlo se consideraría un gesto de ingenuidad. No me refiero
a la necesidad de hacer valer las propias razones o de reivindicar
los derechos, o de mostrar indignación ante la injusticia,
sino a la costumbre de emplear insistentemente un tono lastimoso,
lacrimógeno, quejumbroso. Y en ocasiones como una coartada
para no participar en la modificación del estado de cosas.
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Hay
amplios espacios donde no mostrar ese tono se consideraría
impropio de gente con espíritu crítico. Sin embargo,
el aire obsesivo, empeñado en subrayar sólo lo que no
es adecuado o es simplemente mejorable, para incidir en que los demás
no parecen estar a la altura de nuestra genialidad o de nuestros deseos,
produce el efecto de una verdadera parálisis social. Un ejército
de quejicosos desactiva toda iniciativa, cualquier voluntad de transformar
o de cambiar la situación. |
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No
resultaría posible, conduciría a los mismos o peores
resultados, no hay nada que hacer, va a dar lo mismo..., pasos para
confirmar la quietud, mantenerse a buen recaudo y conservar lo existente
en su inmovilidad. Quejas para mirar con tono paternalista cualquier
iniciativa. Quejas para justificar la propia
pasividad. Quejas para subrayar a los demás como culpables
y a uno mismo como víctima.
Quejas, quejas y quejas. No suelen resultar los asuntos
como uno los espera, como uno los desea, como uno los imagina. Pero
no es suficiente con lagrimear. |
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La
queja viene a ser una versión más del alma bella, a
la que Hegel se refiere. Quien así se siente tiene tan excelsa
noción de los valores y de los objetivos que ninguna acción
parece responder a sus altos proyectos. Nada
resultaría suficiente, siempre habría buenas razones
para no intervenir. O bien, se dice, se reproduciría
la misma situación, o se generarían otros problemas,
o no se zanjaría del todo el asunto. Nada ni nadie podría
liquidar, de una vez por todas, la cuestión. Luego, más
vale no hacer. Y, entonces, el alma bella "se deshace en una
nostálgica tuberculosis". En un mundo en el que los principales
problemas son la miseria y la ignorancia, no basta con la mera proclamación
del estado de ánimo, esgrimido como un arma para justificar
la impotencia o la inoperancia. |
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Sin
embargo, sólo cabe afrontar estos aspectos claves desde la
educación y la cultura, y las políticas específicas
que concreten medidas para abordarlas. En todo caso, más allá
de cualquier grandilocuencia, se requiere acoger a quienes efectivamente
tienen buenas razones y argumentos para expresar su sufrimiento, son
víctimas de la injusticia y del terror y padecen en su propia
carne el dolor del mundo. Ellos requieren nuestra solidaridad y nuestra
intervención. Pero más bien todo se orienta a una posición
acomodada en la que nuestro discurso diario es de lamento.
Las conversaciones, las mesas de trabajo, los pasillos, los espacios
de decisión, todo está poblado de una cohorte de gemebundos
que más bien incitan a no tomar parte activa en la transformación. |
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En
un mundo en el que hay proliferación de actividades y poca
acción, mucha información y no siempre conocimiento
y comunicación, el torbellino de idas y venidas, el vaivén
de los ocupados oculta, en ocasiones por exceso, nuestra pasividad.
El trajín potencia la mera conservación de lo que ya
ocurre. Y así pasamos los días, haciendo de la palabra
un mero vehículo para el comentario más o menos ingenioso.
Lo justo y lo injusto no parecen estar en cuestión. Por lo
que se ve, no se trataría de eso, sino de lograr permitirnos
estar todos en las mismas condiciones, poder quejarnos, acceder al
estado quejilloso. |
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Todos
víctimas y nadie responsable.
Cansados, aburridos, desalentados, rendidos, para mayor gloria de
la continuidad. Es Adorno quien se refiere al intelectual cansado.
Pero no por su difícil tarea de crear conceptos. Cansado de
un reciente viaje, de una conferencia que habrá de darse, de
un artículo por acabar, de un proyecto que esbozar. Como tarjeta
de visita se acreditaría a sí mismo subrayando su ardua
labor, su cansancio. Una queja inicial mostraría su lucidez,
su compromiso. Con ella parecería avalado para eludir la tarea
de pensar, la labor de resolver. |
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No
es que no resulten comprensibles estas quejas de café. También
tenemos derecho a ellas. Pero empleadas como coartada vienen a ser
indignas e insolidarias. |
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En
efecto, hay que buscar mejorar, preferir lo cuidado y bien realizado.
No hay excusas para no perseguirlo, ni para dejar de tomar una posición
crítica activa. Ahora bien, y a eso nos referimos, no siempre
coinciden esas justas posiciones con la persistente letanía
de penares que, en lugar de trasmitir el coraje y el valor sociales,
sólo desaniman. No hay que confundir
la capacidad de quejarse con el espíritu crítico, ni
la quejumbre con la reivindicación.
La queja adoptaría la posición ventajista de hablar
sin necesidad de otorgar la palabra, sin compromiso alguno, sin afectar
nuestra acción, hablar sin palabra dada. |
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No
es infrecuente que los amigos de la queja, esto es, de que sean ellos
los que tengan el monopolio del lamento, suelan ser aficionados a
reñir. Los quejosos prefieren esos modos al debate, a la discusión,
al enfrentamiento, a la controversia de tú a tú, a la
implicación, a la intervención. Riñen
y se quejan para no hacer. Así la queja resulta barata. |
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(El
destacado es nuestro) |
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