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Mi padre era un tipo gris. Fue
pastor protestante en una oscura parroquia irlandesa durante 40
años. Yo había huido ya muy joven de aquel sitio donde
nunca pasaba nada. Me irritaba su mediocridad y la de mi padre,
que parecía feliz chapoteando en aquella charca de provincias.
Me dieron la noticia de la muerte de mi padre durante una reunión
de negocios en París.
¿Le afectó?
Yo entonces era un alto directivo de la Shell, profesor
de la London Business School, acababa de triunfar con mi primer
libro, era papá de dos niños preciosos, con casa en
el campo y en la ciudad y empezaba a ser famoso... ¡Éxito!
La muerte de mi padre era un engorro en mi agenda superapretada.
¿Qué hizo usted?
Iba a una ceremonia familiar, íntima, discreta,
como la vida de mi padre, cuando, al llegar, vi que la policía
abría el camino a una caravana inmensa de coches. La gente
había invadido los sembrados cercanos a la parroquia, no
se podía contener a la muchedumbre... Reconocí algunas
caras: niños del coro de la parroquia que hoy eran hombres
y mujeres, decenas de amigos que habían venido de todos los
rincones de Irlanda y de Gran Bretaña, había cientos
de personas...
¿Lo esperaba?
Por Dios, no. Estaban allí, muchos llorando
y recordando buenos momentos. Mi padre había bautizado a
decenas de aquellos hombres, había casado a otros, había
enterrado a sus familiares... Les había consolado en momentos
difíciles...
Y ellos no habían olvidado.
No. Y yo empezaba a despertar de un sueño...
Cuando todos se fueron, me senté y pensé: "¿Quién
demonios vendría a llorar a mi funeral desde miles de kilómetros
con lágrimas en los ojos?"
¿Y qué? ¿Es que a usted eso
le importa?
A mí sí. Aquello cambió mi vida.
¿Y qué hizo usted entonces?
Pensaba que mi vida debía consistir en ganar
dinero. Más dinero, más poder, más éxito..
y pensaba que más felicidad. Pero mi padre me dio en el día
de su funeral una enorme lección: yo estaba en la mitad de
mi vida, pero si no quería perderla del todo debía
hacer algo en lo que realmente creyera...
¿Acaso usted no creía en dirigir
la Shell?
Francamente..., no.
¿No le gustaba ganar un dineral?
Hummmmm. Si alguna vez le ofrecen un sueldazo increíble
y montones de preciosos incentivos, desconfíe.
Pero... ¿por qué?
Porque si ese trabajo necesita como compensación
ese dinero y todos esos incentivos, es que usted se va a morir de
aburrimiento.
Igual me gusta...
No. Ya conozco demasiados banqueros hastiados de lo
que hacen, amuermados por una tarea anodina: demasiados directivos
que, en el fondo, viven refugiados en el golf.
Le creo. Yo también.
Y todos esos "incentivos" y compensaciones
no les devuelven toda la vida que pierden. Sólo se vive una
vez.
No les pagan lo que se aburren.
No. Y además cuando envejecen descubren que
han dado su vida a la organización, y las organizaciones
son muy ingratas y les importa muy poco la vida y el esfuerzo que
pones en ellas.
Pero si las dejas, pasas frío ahí fuera
Prefiero beber gaseosa después de un trabajo
que me gusta que champán haciendo lo que me aburre.
Oiga, si todos hicieran lo que quisieran... ¡Esto
se hunde!
O saldría por fin a flote. El trabajo no tiene
otro sentido que hacernos felices; si no, es una estafa.
Falso: el objetivo de una empresa es obtener beneficios.
Si sólo es ése, esa empresa es un fracaso.
Una empresa sólo tiene sentido si mejora la vida de las personas,
no sólo sus beneficios.
Ese es un buen deseo de cura de pueblo.
Esto no es un sermón admonitorio: es constatación
empírica. Llevo años estudiando las organizaciones.
Me interesa mucho analizar cómo aprovechan el talento. En
los extremos del arco retributivo he encontrado dos empresas que
trabajan con talento humano en estado puro: los que más cobran
son los asesores financieros Morgan & Stanley; los que menos,
una compañía de teatro.
¿Negocios similares?
En el fondo, sí, ambos viven del talento, ¡je!,
pero retribuido de forma muy diversa. Los actores cobraban muchas
veces menos que los asesores financieros.
Pobres... ¿por qué?
¿Pobres? Pues yo creo que el salario es justo.
Los actores son tipos...
... más neuróticos...
.... puede, pero sin duda más felices. ¡Cobraban
en ego! Se realizaban. Aprovechaban su vida, porque una vida malgastada
es aquella que no ha sido todo lo que podía ser.
Eso suena bien, pero sólo eso...
Pau Casals lo dijo mejor: deberíamos decir
a cada niño y cada niña en cada escuela que es único.
No hay ningún niño como él y no lo ha habido
ni lo habrá en millones de años. Que miren la maravilla
de su cuerpo: pueden ser Shakespeare, Miguel Ángel, Beethoven...
Tiene la capacidad de convertirse en cualquier cosa. Es una maravilla.
Señor Handy: ya no somos niños...
Pero seguimos siendo únicos. Usted siempre
puede descubrir lo que realmente sabe y quiere hacer. Aquí
no hemos venido a sobrevivir y engrosar el censo. Todavía
tenemos que ser todas las personas que podemos ser.
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